viernes, 10 de mayo de 2013

EN MEMORIA DE RAY HARRYHAUSEN



El día 17 de abril del año 2008 tuve la increíble, pero cierta, experiencia de pasar buena parte de la tarde en compañía del genio y creador cinematográfico Ray Harryhausen. Para mí, como muchos otros, incluyendo a mi buen amigo –y mejor persona- Patricio García Ducha-, Ray Harryhausen fue esa persona que nos llevó a mundo poblados por dinosaurios, nos mostró la ruta que recorrió Simbad el marino en algunos de sus intrépidos viajes, o nos puso los pelos de punta al ver cómo Jasón debía enfrentarse a una legión de implacables esqueletos, sin más ayuda que la de su espada y astucia, mientras aprendíamos a ser personas en un mundo como el nuestro.

Su capacidad por insuflar vida a criaturas como la letal Medusa o el destructivo Kraken, personajes que aparecieron en Furia de Titanes, una de sus mejores y más ignoradas películas, por lo menos cuando llegó a los cines en los años ochenta, nunca dejó de sorprendernos, sobre todo a quienes la edad no nos ha restado capacidad para soñar ni de disfrutar de este tipo de propuestas.

Cierto es que, con la llegada de la revolución digital, el trabajo de Ray Harryhausen quedó postergado a una reliquia del pasado, aunque muchos de los efectos que aparecen en El Imperio Contraataca y de El Retorno de Jedi utilizaban la misma técnica de animación “Stop motion” que anteriormente utilizara Ray Harryhausen en sus producciones. Sin embargo, quienes sí saben del tema –no los oportunistas de rigor- continuaron valorando y alabando el trabajo, y el legado de Ray Harryhausen, una circunstancia que, como es lógico, no sucedió en un país tan mediocre-culturalmente hablando- como el nuestro.

Aún recuerdo las incongruencias de quien le hiciera de intérprete a Ray Harryhausen en el evento en el que lo conocí, alegando que la gente no pedía entrevistar al genial creador, porque estaba ya muy mayor. Ya se sabe que ignorantes los hay en todos sitios, pero en aquella ocasión no me callé y, después de decirle precisamente eso, que era un IGNORANTE, le aseveré que en cualquier otro sitio, los supuestos profesionales que cubrían el evento estarían haciendo cola para entrevistar a Ray Harryhausen en vez de estar haciendo el payaso en cualquier otro sitio.

Lo cierto es que ya hace tiempo que no me preocupo por los que me rodean a nivel profesional, al igual que ellos hacen con el resto, salvo con los que suelen ir en comandita a todos sitios. Además, sé -porque me lo han dicho- que mi trabajo vale menos, porque a) trabajo en medios locales y b) trabajo en medios digitales.

Otra cosa es que solamente unos pocos escogiéramos una de las últimas oportunidades que se nos brindaba para conocer a quien le dio al séptimo arte una capacidad infinita de soñar y vivir mundos, situaciones e interactuar con personajes que sólo formaban parte del imaginario de nuestra sociedad contemporánea. No lo entendí antes ni ahora, por mucho que al entrevistar a Ray Harryhausen muchos no pudieran desplegar sus “plumas de todopoderosos entendidos en la materia” y debieran ponerse un poco más serios, ante la entidad profesional de un creador con mayúsculas como lo era Harryhausen.

El caso es que, mientras acudía a la entrevista, recordé cuando Tom Hanks dijo que la película más importante de la historia no era la siempre sobrevalorada Citizen Kane, sino Jason and the Argonauts, película en la que se ve la secuencia del mítico Jason con los implacables esqueletos. Yo estaba y sigo estando de acuerdo con esa afirmación y así se lo dije a Ray Harryhausen nada más sentarme con él. Sé que no es la mejor presentación del mundo, pero él se rió y, a partir de ahí, pasamos más de una y media hablando de su trabajo, de sus experiencias, de aquellos momentos en los que se sintió orgulloso del resultado final y aquellos en los que, como le suele pasar a cualquier creador, las cosas no salieron como él hubiera querido.

Les puedo asegurar que tras casi tres décadas, decenas de entrevistas y encuentros con directores, actores y productores, aquella tarde con Ray Harryhausen ocupa el primer lugar en mis recuerdos profesionales, no sólo por la calidad de su trabajo sino por su forma de contarnos las cosas, el tono que utilizó y la gentileza y paciencia que demostró en todo momento, después de haber pasado parte del día hablando con quienes, como Patricio y yo, no quisimos desaprovechar una oportunidad como ésta.

Lo cierto es que aquel evento me brindó la doble oportunidad de conocer no sólo a Ray Harryhausen, sino a Jean Giraud –Moebius- otro de los grandes creadores de la cultura contemporánea. De ambos aprendí muchas cosas, pero sobre todo lo siguiente: uno NUNCA, NUNCA termina de aprender y siempre debe tratar de ser mejor profesional y persona, cada día, sin importar lo que puedan decir y hacer los demás. Importa lo que uno cree, aquello que le motiva cada mañana y el afán de superación que se convirtió en el sello personal de Ray Harryhausen, gracias al cual millones y millones de niños soñamos, nos asustamos, reímos y crecimos.

Con su muerte, el mundo es un lugar peor de lo que ya lo es, pero siempre nos quedará su legado, por lo menos a quienes no nos pesa, ni la edad, ni el ambiente, ni las plumas de egocentrismo ignorante del que tantos hacen gala.

Descanse en paz, señor Harryhausen y muchas, muchas gracias por todo, de verdad.

En foto que abre esta reseña, están sentados, de izquierda a derecha; Patricio García Ducha, Ray Harryhausen y yo mismo, durante la entrevista que se comenta en estas líneas. 

 

miércoles, 24 de abril de 2013

DEATH WISH



En las páginas que cierran el número 110 de la colección Peter Parker, The Spectacular Spider-man, publicada en enero del año 1986 una azorada Tía May llama a su sobrino Peter Parker para contarle que su amigo Ernie Popchik ha sido detenido tras tirotear a tres jóvenes desarmados que habían tratado de asaltarle en el metro. Dicho número forma parte del arco argumental The Death of Jean DeWolff, la recia capitana de policía, amiga del trepamuros, la cual muere a manos de un sanguinario asesino autoproclamado el “Comepecados”.

Cronológicamente hablando, esta historia se publicó cuando aún coleaba un suceso –el tiroteo que abatió a cuatro jóvenes afroamericanos en el metro de Nueva York, protagonizado en 1984 por Bernard Goetz- y su posterior sentencia, la cual le absolvió de todos sus cargos salvo el de tenencia ilícita de un arma de fuego.

Goetz, apodado por la prensa más sensacionalista como “The subway vigilante” fue una clara inspiración para el guionista Peter Davis, responsable de escribir dicha historia, el cual también tuvo tiempo para traerse hasta las páginas de la colección a Paul Kersey, el vigilante urbano interpretado por el actor Charles Bronson en la saga Death Wish, entre 1974 y 1994, saga de la que hablaremos más adelante.

Sin embargo, el vigilante gráfico por excelencia tiene un nombre, Frank Castle, forjado con la pólvora y la sangre de sus víctimas. Castle, boina verde, experto en la guerra de guerrillas y francotirador letal –claramente inspirado en el personaje de Mack Bolan, “The Executioner”, creación del escritor Don Pendleton en 1969- declarará la guerra al crimen organizado tras el asesinato de su mujer y sus dos hijos en pleno Central Park neoyorkino.

Tras el suceso, Castle se enfundará su icónica camiseta con una calavera impresa y se dedicará a impartir justicia de la única forma que sabe; es decir, eliminando a cualquier criminal que se le cruce en el camino. Todo esto sucedió a partir del Amazing Spider-man# 129 (Febrero 1974) según un guión de Gerry Conway –quien sí sabía cómo tratar al personaje- y dibujo de Ross Andru. Frank Castle fue ganando adeptos y acabó por convertirse en un personaje recurrente dentro del universo Marvel.

Volviendo a la cronología antes mencionada, Frank Castle nació cuatro meses antes que Charles Bronson interpretara, por primera vez, el personaje de Paul Kersey en la primera entrega de la serie Death Wish. La película, dirigida por el recientemente desaparecido director británico Michael Winner, adaptaba, a su vez, la novela homónima del escritor Brian Garfield, publicada en el año 1972.

Lejos de lo que se pueda pensar, sobre todo por los tópicos y estereotipos que han rodeado este tipo de argumentaciones, la intención de Garfield no era la de alentar el modelo de vigilante urbano, sino denunciar hechos tan incontables como la enorme tasa de criminalidad que imperó en buena parte de los Estados Unidos de América entre 1969 y 1981. Asimismo, la novela de Garfield también incidía en el desencanto generacional motivado por la desastrosa escalada bélica en Vietnam, alimentada por la demente administración del Presidente Richard Nixon, el cual acabo siendo víctima del escándalo Watergate.

Otro de los problemas -el cual sobre todo reflejan las tres primeras películas de las saga Death Wish,  dirigidas todas por Michael Winner- y del que se quejó, en repetidas ocasiones, Bernard Goetz a lo largo de su juicio era la facilidad que tenían los delincuentes en salir libres tras ser detenidos. Goetz declaró que el único de los tres asaltantes que fue detenido tras el primer asalto que sufrió en 1981 pasó la mitad de tiempo que el propio Goetz en comisaría y sólo se le acusó de una falta menor, suceso que le convenció para solicitar un permiso de armas, cosa que se le denegó.  

Un último elemento, magníficamente plasmado en la novela y luego en la adaptación cinematográfica, es el descenso a los infiernos de un buen hombre, Paul Benjamin –luego Paul Kersey- quien, de la noche a la mañana ve cómo su mujer es asesinada y su hija termina en un estado casi vegetativo, a causa de las secuelas tras ser asaltada de manera brutal. El personaje, objetor de conciencia durante la guerra de Corea, verá que todas sus creencias liberales y su fe en la justicia se resquebrajan y, llegado el momento, decide tomarse la justicia por su mano, algo que ni siquiera se le hubiera ocurrido antes en la peor de sus pesadillas.

Tal y como es lógico pensar, el subidón de adrenalina que invade a Paul Benjamin -una vez aceptado el hecho de que ahora ya no es la víctima sino el juez, el jurado y el verdugo- desencadenará una espiral de violencia que irá demoliendo sus principios y su buen juicio, emparentándolo con los criminales que va eliminando.

En eso, la película de Winner va un paso más allá, mostrando a un Paul Kersey, con el rostro y el talento de Charles Bronson, mucho menos demente y bastante más consciente de la labor que está haciendo, por muy punible y moralmente reprochable que ésta pudiera llegar a ser considerada.

La influencia de esta primera película de la saga volvió a verse reflejada en el tercer número de la miniserie protagonizada por el grupo Challengers of the Unknown, escrita por Jeph Loeb y dibujada por Tim Sale en 1991. En las páginas 21 y 22 de dicha serie limitada, el personaje de Red Ryan tirotea a dos jóvenes que pretenden asaltarle en el metro de Gotham City, a imagen y semejanza de la secuencia en la que Paul Kersey hace lo propio en el metro de la ciudad de Nueva York y, de igual modo que Bernard Goetz hizo en la vida real.

No negaré que, con el tiempo, las andanzas cinematográficas de Paul Kersey fueron perdiendo fuelle e impronta, sobre todo a partir de la cuarta entrega, Death Wish 4. The Crackdown, ya con el binomio Bronson/ Winner fuera de la ecuación. No obstante, sí que es cierto que, cuando se estrenó la tercera -y más violenta de todas las películas que se rodaron-, en 1985, no había pasado ni siquiera un año desde el incidente en el que se vio envuelto Bernard Goetz, razón por la cual el estreno estuvo rodeado de cierta controversia.

Por añadidura, el tono narrativo y más coherente que habían mantenido las dos primeras entregas se dejó a un lado, en pos de la espectacularidad y de una violencia, en algunos momentos, gratuita, que terminó por ser el detonante que separó definitivamente la carrera del actor Charles Bronson de la del director Michael Winner, después de varias décadas de colaboración mutua. Además, hay momentos en los que cuesta entender cómo una persona como Kersey se apunta a situaciones más propias de un boina verde -como Frank Castle- que a las que debería desarrollar un arquitecto como él, aunque, la verdad sea dicha, Kersey es una persona que ya no tiene nada que perder y sólo le queda el deseo de venganza, algo que explica buena parte de sus actos.

Puede que hoy en día -que estamos demasiado acostumbrados a niños que se “enfadan con el mundo” y deciden tirotear a sus compañeros de colegio con un fusil de asalto- las imágenes de Death Wish 3 nos causen risa y regocijo, tal y como sucedió durante su proyección en el festival Night Visions Back to Basics 2012. Sin embargo, hay que reconocer que las batallas campales, las violaciones y asesinatos, y el efecto de una Wildey 475 Magnum en el cuerpo de los delincuentes que aparecen reflejadas en la película son sólo para paladares acostumbrados a las emociones fuertes.

Queda  claro que estas películas, al igual que el resto de los personajes y situaciones de los que hemos hablado, son propios de un momento histórico y social muy definido, de ahí que sea bueno analizarlas bajo esa premisa y no según los estándares de nuestra sociedad actual.

No obstante, volver a ver Death Wish 3 se me antoja un muy buen homenaje tanto a la trayectoria del director Michael Winner como al actor principal, Charles Bronson, de quien se han dicho muchas cosas, en su mayoría erróneas, y que se merece una consideración mucho mayor. 

Death Wish © Paramount Pictures 2013