martes, 10 de abril de 2007

CAT SHIT ONE: LA GUERRA DEL VIETNAM DESDE LAS MADRIGUERAS



Guión y dibujo: Motofumi Kobayashi
Encuadernación: Tapa blanda
Páginas: 132 en B/N
ISBN: 9788484498674
Precio: 8,95€
Ediciones Glenat España


Treinta años después de su finalización, el conflicto armado que se libró en las junglas y los arrozales de Vietnam –territorio englobado en lo que se conoció como la Indochina francesa- continúa siendo una de las heridas abiertas en un lugar tan alejado de aquel territorio como los Estados Unidos.

Su activa participación, en una guerra nunca declarada, formó parte de los muchos esperpentos político-económicos que jalonaron el periodo conocido como la “guerra fría”.
En un principio los esfuerzos de los estadounidenses estuvieron centrados en propiciar que Francia abandonara sus territorios coloniales en Asia y devolviera la soberanía a sus habitantes. Por ello, Estados Unidos apoyó activamente al Vietminh, movimiento revolucionario que luchó por librarse del yugo colonial francés, primero, y luego presentó batalla contra el invasor japonés. Todo cambió radicalmente tras el fin de la segunda guerra mundial.

A partir de ese momento, el enemigo dejó de ser el imperialismo galo sobre aquella zona –condenado éste por el propio presidente Rossevelt- y su lugar fue ocupado por el imperialismo soviético, empeñado en expandir su ideología por el continente asiático.

El estallido de la primera guerra en Indochina, de nuevo bajo control francés tras la derrota japonesa en 1.946, y después la contienda en Corea alertaron a Washington del peligro real que la expansión del comunismo suponía para aquellos territorios.  Así, en 1.950, llegaba hasta el todavía conflicto colonial el contingente denominado por las siglas M.A.A.G. (Military Assistance and Advisor Group) con el fin de ayudar a los franceses en lucha contra el Vietminh liderado por Ho Chi Minh.                                                          

French parachutists watching comrades being dropped over Dien Bien Phu. Editorial Use Only Photo by Keystone/Getty Images © and TM Hulton Archive and Getty Images 1953 (26 November)

Su ayuda consistió en material –hasta un total de 300.000 armas ligeras fueron suministradas a las tropas galas- apoyo logístico y material bélico, en especial vehículos blindados y escuadrones de bombarderos B-26 –los cuales participaron activamente en la decisiva batalla de Dien Bien Phu- y enormes sumas de capital. Hasta un total de un billón de dólares de la época se gastó el gobierno de Washington en apoyar al ejército francés, el 80% del todo el dinero gastado durante la contienda.

Tras la derrota francesa, la conferencia de paz de Génova dividió la Indochina francesa en tres países; Camboya, Laos y Vietnam, y a éste último en dos partes, tomando como línea divisoria el paralelo 17 –a imagen y semejanza de Corea, que está todavía dividido por el paralelo 38-.

En el norte se proclamó un estado socialista, la República Democrática de Vietnam –algo que ya había ocurrido en 1.945 y que Francia ignoró a reglón seguido- y en el sur se instauró un estado no comunista bajo la monarquía del emperador Bao Dai y su primer ministro Ngo Dinh Diem, a la postre primer presidente de la República de Vietnam.

Este periodo estuvo marcado por la progresiva radicalización del gobierno de Vietnam de sur, empeñado en erradicar el comunismo y cualquier culto religioso que no fuera la religión católica, la profesada por Diem, sin reparar en las víctimas. Este comportamiento despótico por parte de Diem y su gobierno propiciaron que las relaciones con Estados Unidos fueran, cuanto menos, ambiguas.

Al principio, quedó claro que los gabinetes americanos estaban dispuestos a apoyar a quien pusiera freno a la expansión comunista en aquella parte del globo.  Para lograrlo, el gobierno americano no dejó de enviar asesores militares para que prestaran su apoyo a las tropas de Vietnam del Sur.
En 1.963 no menos de 16.000 de estos asesores llegaron hasta el país asiático.

No obstante, pronto quedó claro que el nepotismo de Diem y sus seguidores suponían más un peligro que un seguro para garantizar la paz en aquellos territorios.
La gota que colmó en baso, después de repetidos atropellos contra los derechos de buena parte de la población, fue la auto-inmolación del monje budista Thích Guang Dúr en pleno centro de Saigón en señal de protesta por los abusos cometidos por el gabinete de Diem.

La imagen, recogida por el periodista del New York Times David Halberstam y difundida al resto del mundo, fue el golpe final para el despótico gobernante.
Tras el rechazo explícito de la administración Kennedy hacia Diem y su manera de hacer las cosas, su administración quedó tocada de muerte.

Pocos meses después, Diem fue derrocado y asesinado por miembros del ejército de la República del Vietam (ARVN) en medio de un complot orquestado, según apuntan muchas fuentes, por la CIA norteamericana.

La consecuencia directa de la muerte de Diem fue la desestabilización política del país y una radicalización de posturas que desembocarían en la no declarada contienda vietnamita.
El propio líder de Vietnam de norte, Ho Chi Minh llegó a declarar que no creía a los americanos tan estúpidos como para hacer una cosa así, al ser él consciente de las consecuencias que el vacío de poder le supondría a su vecino del sur.

Los sucesos del golfo de Tonkín, acaecidos en agosto de 1.964, son sólo una fecha para designar el comienzo de unas hostilidades que habían comenzado tiempo atrás.

Oficialmente, la excusa argumentada por los Estados Unidos para entrar en el territorio vietnamita con tropas –asesores ya tenía en la zona- fue el ataque por parte de un grupo de patrulleras P4 del Vietnam del norte contra dos destructores, los USS Maddox y USS Turney Joy, los días dos y cuatro de agosto de 1.964. Ambos navíos estaban en misión secreta y, según los informes de la armada norteamericana, en aguas internacionales.

La controversia, no obstante, ha rodeado ambos ataques, en especial, el segundo. Es más, el ejército de Vietnam del norte sí admitió el primer ataque contra el USS Maddox, pero negó con rotundidad el segundo –algo que también llegó a poner en tela de juicio el mismo secretario de defensa norteamericano en aquellos momentos, Robert S. McNamara.

Sea como fuere, dichos ataques fueron la excusa perfecta para que el entonces presidente Lyndon B. Johnson solicitara al Congreso la aprobación de la Resolución del Golfo De Tonkín. Esta resolución conferiría plenos poderes para que los asesores presentes en Vietnam pudieran realizaran operaciones fuera del recinto de sus bases, además de poder incrementar la presencia militar en ese país.
A estos factores debe añadirse el que el país se encontraba en plena campaña electoral por lo que Jonson necesitaba mostrar una imagen de fuerza ante el comunismo y así ganar votos entre el electorado.

A principios de marzo de 1965 desembarcaron en la base de Da Nang los 3.500 marines que se unirían a los 22.500 asesores que ya servían en Vietnam.
Estados Unidos quería dejar claras las siguientes dos cosas: que había llegado al sudeste asiático para quedarse y, en segundo lugar, que deseaba desplegar su enorme potencia de fuego con la que aniquilar a su enemigo en poco tiempo.
Comenzaba, así, una contienda nunca declarada –tal y como ya hemos dicho-que duraría hasta 1.975, fecha en la que Saigón fue tomada por las tropas del Vietnam del norte.

Los sucesos y posteriores consecuencias del conflicto han sido fuentes de inspiración tanto para la literatura como para el cine y los cómics.
Títulos como First Blood, de David Morrell, -más conocido por su adaptación cinematográfica “Acorralado” protagonizada por Silvestre Stallone en 1.982- denunciaban las secuelas que aquella guerra ocasionaba en los combatientes.

Otros largometrajes como El Cazador (The Deer hunter) y El regreso (Coming home), ambas estrenadas tres años después de la caída de Saigón  ya habían dejado claro que aquella guerra había sido cualquier cosa menos el paseo militar anunciado por los mandos del Pentágono.
Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, estrenada en 1.979 nos llevaba de viaje al mismo corazón de las tinieblas del conflicto, de la mano del capitán Benjamin Willard en su búsqueda del renegado coronel Walter E. Kurt.
Coppola partió de la novela escrita por Joseph Conrad, “Heart of darkness” para transportarnos hasta la misma esencia de la locura de una guerra sin reglas y donde cualquier excusa era buena para bombarder una aldea o perseguir a uno de los militares más condecorados del ejército de los Estados Unidos, cuyo crimen residía en cuestionar unas órdenes carentes de toda lógica.

En cuanto al mundo gráfico, la serie The Nam, publicada por Marvel Comic entre 1.987 y 1.993, se convirtió en una especie de diario gráfico de los soldados que combatieron en las junglas del país asiático.
El guión, escrito por Doug Murray, veterano de Vietnam al igual que lo es el director Oliver Stone –responsable de la película  “Platoon”- narraba en primera persona las experiencias del soldado de primera clase Edwards Marks, en medio del infierno que les esperaba al llegar al territorio del conflicto. 
Cinco años después del final de la serie The Nam, el autor japonés Kobayashi Motofumi comenzaba la publicación de Cat Shit One, la guerra del Vietnam “desde las madrigueras”.

Cat Shit One nos ofrece una versión cruda y real de aquella contienda, de la mano de uno de los mejores autores gráficos especializados en el mundo bélico –por no decir el mejor de la actualidad-. La  única diferencia con una obra ya clásica como The Nam, es que Cat Shit One está protagonizada por animales en vez de por personas.

Originalmente, Cat Shit One se llamó Dog Shit One –nombre que recibían los soldados de clase baja de la academia militar de West Point- y en ella se contaba el devenir de algunos de los 16.000 tenientes que fueron destinados al escenario bélico, entre 1.965 y 1.966.

La historia fue encargada por la publicación americana especializada Combat Magazine. Hay que recordar, para aquellos que les pueda sorprender el trabajo de un artista japonés en una publicación de fuera de su país, que Kobayashi Motofumi fue el primer autor nipón en trabajar en Marvel Comics. Esto sucedió en el año 1.987, gracias a la iniciativa del responsable de la editorial americana en Japón.
Por ello, las relaciones del autor nipón con el mercado anglosajón propiciaron la publicación de esta historia en una revista anglosajona.

Lo que ocurrió después fue que la nueva serie no convenció, ni al autor, ni al editor, razón por la cual decidieron darle un giro radical.

El autor se había planteado, en un primer momento, que la serie estuviera protagonizada por animales, en vez de por personas. Recuperando la idea, Kobayashi le remitió un fax al responsable de Combat Magazine y éste respondió Interesante. ¿Y cómo se va a llamar esto, Cat Shit One? De esta manera nació el título.

Tras su paso por Combat Magazine, la historia fue recopilada por la editorial japonesa Soft Bank Creative en tres tomos y un número cero que recopilaba las páginas aparecidas, durante el año 1.998, en la versión on-line de la editorial Soft Bank Web Comic Color. En el mencionado número cero también se incluyen un apéndice, cuyos capítulos fueron publicados de forma seriada en la revista 2channel+.
En estos últimos capítulos se cuenta la realidad de Vietnam y sus gentes tras la contienda y una nueva misión bélica de los antiguos miembros de la unidad Cat Shit One.

Posteriormente la historia se publicó en los Estados Unidos –ahora en formato recopilado- con el título de Apocalypse Meow y después en el Reino Unido, Polonia y España, gracias a la labor de la editorial Glénat.
Cat Shit One también se publicó en la web especializada en videojuegos Gamespot.

Cat Shit One comienza con la imagen de los bombarderos B-52 en plena misión Arc Light. Éste era el nombre en clave de las misiones secretas de los bombarderos B-52 contra objetivos situados fuera de Vietnam sur –principalmente sobre la ruta de Ho Chi Minh- corredor que atravesaba Vietnam del norte, Camboya y Laos. Las misiones comenzaron en 1.965 y al año siguiente los B-52 acumulaban más de 5.000 salidas. Dichas misiones estaban expresamente prohibidas, pero en la práctica se prologaron hasta principios de los años setenta, con Nixon en la Casa Blanca.

En la siguiente página conocemos a los miembros del comando Cat Shit One, una partida de reconocimiento, más conocidos como “Correcaminos”.

Los Correcaminos formaban parte del proyecto Delta, la antesala de las fuerzas especiales norteamericanas de la actualidad. Su principal impulsor fue el comandante Charlie Beckwith y bajo su responsabilidad las fuerzas especiales se convirtieron en consumados expertos en guerra no convencional.

Boing B-52D “Stratofortress”
© USAF Museum photo Archives 2007


Beckwith, tras su estancia en el Reino Unido, estrenándose con los míticos SAS (Special Air Service) regresó a los Estados Unidos y se dedicó a preparar el proyecto Delta, cara a un conflicto que cada vez estaba más cercano, a partir de junio 1.965. Beckwith recibió, entonces, la orden de comandar el destacamento B-52 de la 5ª división de las fuerzas especiales de Nha Trang, en Vietnam del sur.
El anuncio para captar nuevos integrantes publicado por el oficial–tras una rigurosa primera selección- decía lo siguiente: “Se buscan voluntarios para el Proyecto Delta. Te garantizamos una medalla, un ataúd, o las dos cosas”. Además los aspirantes debían tener un rango superior al de sargento, llevar más de seis meses en Vietnam y tener experiencia real en combate.

El Proyecto Delta también era un nombre en clave del ejército americano, el cual buscaba la ejecución de misiones especiales en colaboración con las fuerzas especiales del Vietnam del sur. Dicha colaboración nunca dio sus frutos por lo que los efectivos norteamericanos recurrieron a voluntarios nativos apodados “Yards”.
Las unidades “Correcaminos” estaban formadas por dos miembros de las fuerzas especiales y cuatro efectivos de los Yards, aunque el número real variaba de seis a cuatro miembros.

Cat Shit One está formada por el sargento Perkins “Perky”, el sargento White “Rats”, Botaski “Bota” y “Chico”, un miembro de los Yards. Desde el principio queda claro que estamos delante de una historia bélica, sin ningún paliativo, olvidando, rápidamente, que los protagonistas son conejos y gatos.

 Kobayashi Motofumi reproduce cada detalle presente en la contienda –en especial el material bélico- con una rigurosidad propia de los manuales técnicos especializados. Precisamente es en este apartado donde el autor japonés demuestra una maestría difícil de ver en el mundo gráfico contemporáneo.
Su labor de documentación no sólo se ciñe al material y a los equipamientos que portaban los combatientes, sino que gusta de reproducir instantáneas reales de la guerra del Vietnam, las cuales dan verosimilitud a la historia.

Siguiendo las andanzas del grupo del sargento Perkins –como pasajeros de los helicópteros Huey de la primera división de la caballería aérea-  seremos testigos de acontecimientos tan cruciales como la ofensiva de Tet del Año del Mono, un ataque protagonizado por las tropas del Vietnam de norte y que comenzó la noche del 31 de enero de 1.968 –día del año nuevo vietnamita-.
“Perky” y sus hombres deberán soportar la ofensiva que, a pesar de su alcance mediático, no supuso un gran avance para las tropas comunistas.

Bell UH-1 “Huey”
© USAF Museum photo Archives


El resultado de acciones como ésta será utilizado como excusa para que el autor nos presente la realidad de la guerra desde la óptica de un veterano combatiente vietnamita.
De esta manera tendremos instantáneas de batallas como Dien Bien Phu, justo cuando tocaban tierra las fuerzas del primer batallón de paracaidistas de la Legión extranjera francesa –cerdos, según la imaginería de Cat Shit One-, o la ocupación de los japoneses del territorio vietnamita.

El autor también se detiene en el comportamiento de las tropas de Vietnam del sur, aplicando una justicia más que cuestionable o reflejando atentados como el que sucedió en el restaurante Mi-Kan, en junio de 1.965, algo que también se cuenta de forma parecida en la película Good morning Vietnam, de Barry Levinson.
Por Cat Shit One también discurren el resto de las tropas que formaron parte de aquel conflicto. Los asesores soviéticos y chinos –osos pardos y osos pandas, respectivamente- sí figuran en primera línea junto a los denostados misiles  antiaéreos Sam-2. Las tropas coreanas y los SAS australianos, las cuales lucharon junto a los norteamericanos y las fuerzas del Vietnam del sur, son representadas por perros –los primeros- y canguros y koalas –los segundos-.

Kobayashi Motofumi hace especial hincapié en la participación, nunca declarada de manera oficial, de su país en la contienda. El papel de Japón –monos, en la obra gráfica- durante la guerra fue de base de apoyo para el ejército norteamericano. Ofrecía apoyo logístico reparando vehículos, atendiendo a los heridos en combate, suministrando combustible y munición.  Después se hizo público que Japón envió el llamado “Grupo oficial de estudios de la agencia de defensa” como apoyo a grupos empresariales japoneses instalados en aquella zona.
Sin conocimiento del público, se enviaron varios destacamentos de las fuerzas de autodefensa, algo que estaba prohibido por la constitución firmada tras el final de la segunda guerra mundial.

No hay que olvidar que Japón no tiene un ejército real. El país posee la llamada Fuerza de Autodefensa japonesa. Organizada en 1.954, se decretó que todo el personal de las llamadas Fuerzas de Autodefensa fuera personal civil. Sus efectivos, en cualquiera de sus tres armas, se rigen por los códigos éticos y judiciales de la vida civil, lejos de los requerimientos de la disciplina castrense más clásica.

En cuanto a sus actuaciones fuera de sus fronteras las Fuerzas de Autodefensa no formaron parte de los contingentes de tropas organizados por la ONU, hasta principios de los años noventa.
En el año 2.004 Japón formó parte de las tropas de pacificación enviadas a Irak –con la oposición de buena parte de la clase política y social japonesa- y en labores humanitarias tras el tsunami que asoló Indonesia.

Kobayashi Motofumi se ha dedicado a investigar las contradictorias informaciones que se mueven alrededor de dicha intervención. Lo que sí parece estar claro para el autor es que los efectivos enviados hasta Vietnam formaban parte de la primera brigada aerotransportada de las Fuerzas de Autodefensa, unidad de elite formada por paracaidistas.
Según el autor, hasta Vietnam también se desplazaron efectivos de la esquiva Unidad de Instrucción Militar de Invierno, grupo éste rodeado de un halo de misterio comparable a otros cuerpos como la Delta Force norteamericana.

Al referirse a dicha unidad, el autor plantea cuál debiera ser la actitud –y presencia real de su país- en el mundo actual. No se puede considerar a Kobayashi Motofumi como un nacionalista que busca recuperar los valores tradicionales del Japón –algo que sí sucedía, por ejemplo con el escritor Yukio Mishima-. No obstante, el autor sí deja claro, en especial en su siguiente obra publicada por Glénat, Omega 7, que le gustaría ver un cambio de estrategia de los gobernantes de su país en cuanto al papel que una potencia mundial como Japón debiera ocupar en la actual situación socio-política.

Omega 7 trata de un grupo de operaciones especiales –en la línea de los SAS británicos, o los SEAL y Delta americanos- los cuales actúan donde intereses japoneses están en peligro.
La historia utiliza a dos de los efectivos enviados por Japón para luchar junto a las tropas americanas en Vietnam –sobre todo formando parte de la unidad de Perkins- además de una unidad formada por tres miembros más. Al leerla, uno tiene la sensación de estar asistiendo a la típica historia protagonizada por los miembros de los mencionados grupos especiales, antes que por un comando de las Fuerzas de Autodefensa japonesa.
La idea de dibujar Omega 7, cuyo nombre lo tomó el autor de un supuesto grupo de asesinos de la Delta Force, surgió tras la muerte de varios integrantes japoneses de la AOD (Agencia Oficial para el Desarrollo) a manos del grupo armado Sendero Luminoso, en Perú.
Para el autor, aquel suceso debería haber sido contestado con contundencia, en vez de pasar casi desapercibido en los medios. Varios años después, la toma y posterior liberación de los rehenes atrapados en la embajada japonesa en la capital de Perú sí contó con una taxativa respuesta por parte de las autoridades locales, algo que fue aplaudido por los gobernantes japoneses.

Personalmente, creo que Kobayashi Motofumi es de los que piensan que Japón puede ya muy bien organizar su propia defensa –ya lo hace con las fuerzas que posee- y, además, formar parte activa de los acontecimientos que se desarrollan en el resto del globo, sin depender del tutelaje que de “facto” ejerce Estados Unidos sobre este tipo de decisiones.

Sea como fuere, tanto Cat Shit One como Omega 7 son dos obras tremendamente recomendables no sólo para los amantes del género bélico y todo lo que le rodea, sino para los amantes del buen manga, sobre todo por el virtuosismo demostrado por los lápices del autor japonés.

La editorial Glénat tiene previsto continuar publicando otras obras del autor, en especial aquellas protagonizadas por las fuerzas blindadas alemanas en la segunda guerra mundial.

En dichas obras, Kobayashi Motofumi rescata algunos de los héroes que comandaron las unidades Panzer germanas, con nombres tan conocidos como Edwin Rommel, así como campañas tan decisivas en dicha contienda como la Operación Barbaroja, pistoletazo de salida para la invasión del territorio soviético.
Sus críticos han llegado a decir que el dibujante se escora peligrosamente hacia la exaltación de los valores de las temibles divisiones Panzer SS –la elite del ejército nazi-. Este argumento lo contrarresta el autor diciendo que su interés reside en las figuras de los combatientes y sus “hazañas” en tiempo de guerra –simbolizado el apunte en la figura de Michael Wittmann, considerado el mejor comandante de tanques de la historia-.

También se podría añadir que, a nivel puramente estético, los blindados y la estética alemana son mucho más llamativos y agradecidos de reproducir que la que enarbola el resto de los combatientes de aquella contienda, algo que también corrobora el autor japonés.

De todas formas, además de contar una historia con tintes de realidad, la intención de Kobayashi es la de entretener y eso, les puedo asegurar, que lo logra sin ninguna duda con las obras antes comentadas.

Agradezco a la editorial Glénat las facilidades,  el material y las imágenes cedidas  para la redacción de este artículo.

Todas las portdas y las imágenes de las obras  Cat Shit One, Apocalypse Meow y Omega 7 son propiedad de Motofumi Kobayashi © 2010 y de Ediciones Glénat en su versión española © 2010. Todos los derechos reservados.

First Blood © and TM Anabasis N.V. , ElCajo Production and Orion Pictures Corporation. 1982

1 comentario:

  1. Conocia la existencia de The Nam pero ignoraba las otras asi que me las apunto en pendientes, pero por lo leido en el, por otra parte, extensisimo articulo son dos de esas obras que sacan al comic de su rol de guarderia infantil y lo mete en el de divulgador historico/informativo. De esos comics que deberian ser lectura obligada en los colegios, donde no me cabe la menor duda de que alcanzarian gran exito, o por lo menos figurar en las bibliotecas. y como diria Ana Lisi, Asi nos va.

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