lunes, 16 de julio de 2007

EL LAMA BLANCO

Alejandro Jodorowsky y George BessEdiciones Rossell  
   
Resulta terriblemente complejo analizar una obra tan rica en matices e imaginería como El Lama Blanco. No en vano, su guionista Alejandro Jodorowsky atesora en su cabeza unos conocimientos más propios del hombre renacentista y/ o ilustrado que de la cultura contemporánea actual. Además, sus vastos conocimientos sobre las religiones y cultos de los humanos –en este caso sobre el budismo- le permiten componer un fresco excepcional sobre aquellos elementos que sirven de base para el eje central de la obra que estamos comentando.

Leer El Lama Blanco supone, para el lector, un viaje hasta el mismo corazón de los monasterios que otrora florecían en las faldas de las escapadas montañas del Tibet.

Puede que uno de los requisitos indispensables para poder disfrutar de esta obra, en su totalidad, sea el despojarse del legado católico que planea por nuestra sociedad, sobre todo para las generaciones que vivieron bajo el férreo control de la iglesia afín al régimen –y que aparece simbolizado en el fanático pastor que pretende enseñarle a los habitantes de aquellas tierras “el manual del buen creyente”- 
Una vez logrado, se pueden conocer cuáles son los pilares de la religiosidad budista. En cierto modo, el camino que deberá recorrer el joven Gabriel Marpa, un Tchilinga - hombre blanco- adoptado por el matrimonio formado por Kuten y Atma tras la muerte de sus padres, es similar al que se debe emprender al abrir la primera página de una obra como ésta.

Jodorowsky no sólo nos presentará la sociedad imperante en un lugar tan lejano como el Tibet sino que nos dejará bien claro que al lado de frutas idóneas para ser degustadas hay otras tan podridas y corrompidas como en cualquier comunidad humana.

Quizás quienes mejor simbolizan la bajeza moral en un lugar presidido por la espiritualidad que emana de los templos son El Gyalpo y Kesang, este último hermano de Kuten. Ambos son la cara de una misma moneda, aunque sus acciones serán definitorias para el desarrollo de la obra. En lo que ambos coinciden es en no entender el “capricho” que los dioses dispensan a un ser blanco y rubio como Gabriel.

Su falta de fe y exceso de apego por todo lo terrenal serán el contrapeso utilizado por el guionista para potenciar las cualidades de Gabriel Marpa, envoltorio corporal escogido por el gran Lama Mipan para regresar reencarnado, como marca el ciclo de la vida según la religión budista, de nuevo entre los hombres.

Tras la muerte de su padre, a manos de un Yeti que se aleja de la imagen clásica del “abominable hombre de las nieves” para transformarse en una criatura perseguida por el capricho de los seres humanos, Gabriel comenzará su travesía para transformarse en monje, mientras es arrancado de la única vida que conocía.
Por fortuna para él, hasta ese instante, su vida ha estado tutelada por el recto, pero fiel Tzu-La, encargado por el espíritu del gran Lama para preparar, en secreto, al joven aprendiz en su nueva y complicada vida.
 
Nada más llegar, Gabriel se dará cuenta de dos cosas; es decir, de lo útil de su entrenamiento con Tzu-La y cómo la corrupción humana ha llegado hasta las misma entrañas de la lamasería que debería convertirse en su nueva morada. Allí Gabriel conocerá a Migmar el traidor y sus acólitos llegados desde la cercana China, avanzada de una profecía que amenaza con acabar con los mismos cimientos del Tibet.

Serán momentos duros, desconcertantes, llenos de altos y bajos y que no terminará como hubiese deseado Marpa. Sin embargo, la vida le tiene guardada muchas otras sorpresas, algunas lejos de allí, y otras que podrán en juego sus más profundas creencias. 
Al final el viaje que antaño emprendiera un desorientado joven extranjero lo llevará hasta un plano de consciencia, reservado para quienes han logrado despojarse de esencia terrenal y ascender hasta el plano astral, cúspide de la espiritualidad.

Y si elevada y armoniosa es la prosa regada en las páginas del Lama Blanco por Alejandro Jodorowsky, no menos cuidado es el apartado gráfico. Su responsable, el dibujante George Bess nos sorprende, página a página, viñeta a viñeta, con unos dibujos llenos de un detallismo extremo y que rivalizan con instantáneas tomadas por un viajero de aquella época. Su composición de página aporta el ritmo narrativo necesario para que nada quede sin contar. Bess realiza un ejemplar trabajo, queriendo igualar, en intensidad y dedicación, a la épica y espiritual historia escrita por Jodorowsky.

La ejemplar edición de la editorial Rossell -la cual recopila los seis números originales que conforman la obra completa, publicados entre 1.988 y 1.993- para un cómic  considerado “de culto” entre los aficionados al noveno arte se completa con un Cuaderno de viaje, mezcla de resumen socio-político del Tibet –desde principios del siglo XX- y de block de notas donde se reproducen bocetos previos, estudio de personajes y una galería de imágenes realizadas por George Bess.

Es el broche final para una de las obras más importantes del noveno arte contemporáneo y que ahora regresa al mercado español, gracias al magnífico trabajo de la editorial Rossell.

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