jueves, 2 de agosto de 2007

LA HISTORIA DE LOS SPAWN# 29 Y 30

Dejando a un lado los gustos personales sobre un determinado autor del mundo del cómic (a cada uno le puede gustar quien quiera) nunca he disimulado el que me gusta el trabajo de Todd McFarlane (desde los tiempos en que descubrí su imposible Spider-man)

También es de recibo reconocer su querencia por tocar temas, sobre todo tras la creación de su demoniaco personaje Spawn, los cuales no suelen aparecer en las páginas de un comics book.

Con el paso de los años el dibujante ha ido aparcando sus lápices para centrarse en tema mucho más rentables y que colocan su imagen pública a la misma altura que los productos que venden sus empresas.
De todas maneras ello no debería acarrear el olvido de algunos de sus atrevimientos narrativos

El primero de todos llegó la quinta entrega de la serie Spawn, número en el que aparecía el asesino de niños Billy Kincade. La peculiar concepción de la justicia aplicada por el ex soldado de Malebolgia le hizo merecedor al artista de toda una serie de epítetos que fluctuaban entre tacharle de fascista, reaccionario y lindezas por el estilo.

No entraré en consideraciones morales sobre la manera de actuar de Spawn, un demonio sin las mismas trabas morales que los humanos.
Lo único que digo es que dudo que McFarlane justificara con el final de la historia para un caso similar en nuestra sociedad, aunque el personaje de Kinkade no se mereciera un final mejor.

De todas formas, McFarlane no se quedó contento y tras la experiencia decidió plantear otros problemas tan reales como ocultos en la bien pensante sociedad norteamericana.
La verdad es que no se lo que McFarlane se planteó al escribir los guiones de los dos números que dan título a la columna.

Puede que solo tomara la inspiración de cualquiera de los periódicos que se publican en su lugar de residencia (McFarlane es canadiense de nacimiento) y de ahí le vinieron las ideas. Les contaré de qué van.
El número 29  (26 en la numeración española) se titula Padre y detrás de tan emotivo título, se esconde unas de las realidades más lamentables de cuantas se esconden en la trastienda de las relaciones humanas: los maltratos, en este caso a los niños.

La trama comienza con un Spawn recién llegado de una batalla entre el bien y el mal (para los que no conozcan la historia, Spawn, antes Al Simmons, fue devuelto a la vida por Malebolgia, líder de los infiernos, quien le dotó de poderes para que liderada sus fuerzas en el dominio del mundo de los humanos.
No obstante, Simmons, no acepta y comienza una lucha en contra de la demoníaca figura y, también, en contra de las huestes del cielo) y es encontrado por el pequeño Andy Frank, el cual vive con su hermano mayor Eddie y su respetado padre, el agente de la policía Joe Frank.

Lo que la gente no sabe (o no quiere ver, más si se tienen en cuenta las marcas que trata de esconder el pequeño Andy) es que el respetable agente y padre, no es más que un cabestro alcoholizado que no duda en sacar su arma para amenazar a sus hijos.

Entre medias, McFarlane no duda en colocar a la comunidad, la cual se reúne cada domingo en torno al sermón parroquial, y que permanece ciega a las muestras de abusos, cada día más palpables y repetidos (camuflados, según sus palabras, en los duros juegos de ambos niños)

Pero la situación cada día va a peor y el mayor de los niños es consciente de que, un día, todo se le puede ir de las manos a su padre y será su indefenso hermano menor quien lo acabe pagando.
Claro que el bueno del agente Joe no tenía ni idea del descubrimiento de sus hijos en su jardín y de los problemas que supone tener a un ser demoníaco como testigo de sus abusos (el cual, en su vida humana, también cometió el imperdonable error de pegar a Wanda, su mujer, por la que renegaría, una vez recuperado, del control de Malebolgia)

Así, tras abandonar el bar una noche (donde todos lo consideran un buen tipo, merced a los favores que les hace) Spawn decide tener una conversación con el personaje, en medio de un callejón y cambiando los papeles.

Ahora Joe Frank es la víctima y está a merced, como cada día los están sus hijos, de la voluntad del engendro. Pero Simmons no quiere repetir los errores pasados y le da una oportunidad, no sin antes dejarle un recuerdo para que todos vean cual maravilloso es el bueno de Frank. Lo malo es que, tras esto, Spawn decide irse de la ciudad, dejando a los niños solos con su padre.

Lo peor es que hay momentos en que las palabras ya no sirven de nada y, si encima hay una arma en la casa, el resultado no deja de ser catastrófico.
Pero al final nadie tiene la culpa. Nadie escuchaba los gritos de los niños, ni veía llegar al padre borracho, ni notaba los moretones en las caras de los infantes, un día sí y otro también. -Son los hijos del bueno de Joe y nada malo les puede pasar- decía una persona antes del desenlace.

El número treinta (27 español) lleva a Spawn hasta el sur más profundo, territorio del benditamente nauseabundo K.K.K, también conocido como el Clan.
Allí, nada más llegar, se encuentra con un grupo de encapuchados, en pos de la limpieza de su tierra, tratando de convencer, con el fuego purificador, a un residente afroamericano, para que abandone sus tierras.

La llegada de Spawn pondrá en jaque a los aguerridos combatientes, quienes, tras abatirlo, pensarán que sus problemas han sido temporales.

Además, ¿quién se atrevería a cuestionar sus métodos si su líder es el juez del condado?

Pero los caminos del demonio son aún más insondables que los del Señor y, antes de que puedan reaccionar, Simmons empieza su particular lección de buenos modales con los integrantes del Clan, dejando lo mejor para el mezquino juez Zachary Missen.

Simmons, como Amstrong, el inquilino de la granja que el clan quiere “expropiar“, también es afroamericano y conoce el trato que todavía hoy se les dispensa a los de su raza por gran parte de la sociedad. Por ello, al atrapar al juez, su determinación es clara: -conozco bien a los de tu especie. ¿sabes? No hay nada que os entre en esos cerebros racistas... excepto una cosa. EL MIEDO-

Dicho esto, le obsequia con toda una sorpresa al juez y a sus amigos... aunque da la sensación de que no todos lo entenderán igual.

Como verán, los contenidos de ambas historias son del todo menos infantiles y carentes de mensaje, demostrando que también los comics sirven para contar historias reales.

Pero, como dije al principio, cada cual entiende lo que quiere y saca las conclusiones que puede.
El caso es que, mientras se pensaba que las críticas iban a llegar del lado de los defensores de la Supremacía blanca, o similares,  la andanada vino ocasionada por las encendidas críticas de una tal Dra. Mary Willians (que debía ser discípula del deleznable autor de La seducción del inocente, disculpa en forma de libro, utilizada por el senador  McCarthy y los suyos para perseguir a la industria de los comics en la caza de brujas) quien tras encontrar un ejemplar del mencionado Spawn en manos de sus hijos, comenzó una campaña en pos de quemar todos los ejemplares (como en el relato de Bradbury) además de cartas al Senado, entrevistas y todo el circo mediático de costumbre.

Cuando se tocan temas como éstos es normal que no todos lo entiendan de la misma manera. Lo penoso del tema es que la individua había montado todo este circo porque en el texto se podía leer palabras malsonantes como puta negra, mono negro o negrata (darkie en inglés) el resto le daba igual.

Ante tal muestra de ignorancia (o de no querer ver la realidad y disfrazarla de un falso puritanismo verbal) los profesionales se pusieron manos a la obra y enemigos declarados de McFarlane como el guionista y columnista Peter Davis, salieron en su defensa para pararle los pies a la indignada progenitora que estaba demostrando que la ignorancia es demasiado atrevida.

Será por ello, que en nuestro país, se le suele tildar al cómic, no importa el autor, ni la historia, ni el país de procedencia, de entretenimiento para niños (mientras que otras cosas son síntoma de madurez suprema) sin tener en cuenta los valores que encierra y lo que puede enseñar, más allá de tipos con mallas, saltando de azotea en azotea.
                                                                   
O, a lo mejor es precisamente eso, al igual que la mencionada señora, desviar la atención de su validez para así continuar perpetuando los rancios valores que permiten que cosas como las narradas en estos dos números, todavía se repitan en nuestro tiempo.
¿Ustedes qué piensan?

Agradezco a Juan Pedro Rodríguez Marrero (ilustración número 3) y a Daniel Fumero (cuatra ilustración) las dos imagénes que reproducen al personaje de Spawn y al mismo Todd McFarlane, las cuales fueron hechas para el monográfico dedicado al autor -y publicado por Dolmen Editorial- y que al final no pudieron formar parte de dicha publicación.


1 comentario:

  1. Vaya, no conocía esta historia tras estos números (creo que en algún momento tuve el 26, el del malatrato a los niños). Todos los medios de comunicación y expresión corren el riesgo de ser interpretados de la forma que su público potencial quiera/pueda/desee, pero, en este caso, está bastante claro que esta señora se quedó en el "continente" y que no entendió o pasó por alto su contenido.

    Qué triste que a finales de los 90 aún pasasen esas cosas. Y qué triste que aún hoy puedan pasar.

    Un saludo!

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