martes, 7 de abril de 2009

HELLBLAZER# 141 "SHOOT"

Hace unas semanas, un joven alemán de 17 años llamado Tim Kretschmer acudió a Albertville -a lo que había sido su colegio de secundaria- a primera hora de la mañana. Una vez allí comenzó a disparar contra los estudiantes y profesores que se encontraban en las aulas, vaciando el cargador de su arma, cinco veces.

Kretschmer disparó más de sesenta balas –de las más de cien que disparó aquel día- contra alumnos de edades comprendidas entre los 14 y los 16 años, además de contra varios profesores.
En total, murieron nueve estudiantes, tres profesores, un jardinero, un vendedor y un cliente de una tienda, además de Kretschemer, quien se disparó en la cabeza antes de ser capturado por la policía alemana de la localidad de Winnenden, que acudió a tratar de detenerlo.

Tras conocerse el suceso, los fantasmas de otros tantos tiroteos ocurridos en centros escolares comenzaron a llenar las pantallas de los televisores y los titulares de los periódicos. Kretschmer es el último de una larga lista de “pistoleros” adolescentes, los cuales han golpeado a las sociedades bien pensantes, sin que ésta sepa poner algún remedio válido.

Hace seis meses, Matti Juhani Saari, asesinó a diez personas en la universidad de ciencias aplicadas de Seinäjoki. Saari era el segundo joven finlandés responsable de un tiroteo con víctimas mortales, en el país nórdico, en menos de un año. El siete de noviembre del 2007, Pekka-Eric Auvinen asesinó a seis compañeros de clase, junto con el director y la enfermera de la escuela pública de secundaria en la que estudiaba, situada en la ciudad de Jokela,

Unos meses más tarde, en marzo del año 2008, un joven palestino asesinó a ocho jóvenes judíos que asistían a una escuela religiosa en Jerusalén, antes de caer muerto, a causa de los disparos de dos oficiales hebreos. Este suceso confirmaba que la violencia en los centros educativos se estaba empezando a convertir en una plaga de proporciones bíblicas.

Sin embargo, los Estados Unidos de América, encabezan la lista de sucesos de esta índole, sobre todo en las últimas décadas. De entre todos estos sucesos, con una larga lista de víctimas anexa, destacan los cuatro siguientes por su trascendencia.

La mencionada lista comenzó en los años veinte, en el llamado Bath School disaster, el cual acabó, en 1927, con la vida de 45 estudiantes, muchos de ellos niños de entre 7 y 12 años. En este caso, la matanza no la ocasionó un estudiante sino un miembro del equipo de dirección del colegio, Andrew Kehoe, contrariado por un problema con sus impuestos. Debido a ello, Kehoe decidió que la mejor manera de solucionar el contencioso era volar con dinamita el colegio en el que trabajaba, con los resultados ya comentados.

El número dos de la lista, el cual fue inmortalizado en la televisión por el actor Kurt Russell en la película The Deadly tower en 1975, sucedió en el campus de la universidad de Texas, en la ciudad de Austin.
El uno de agosto de 1966, Charles Joseph Whitman, un estudiante de ingeniería, se apostó en lo alto de la torre del edificio principal de la universidad tejana armado con varios fusiles y pistolas. Una vez allí, Whitman comenzó disparar de manera indiscriminada contra los estudiantes que se encontraban acudiendo a las clases en aquellos momentos.
El resultado final fue 15 víctimas mortales en el propio campus, incluyendo a Whitman (muerto por las balas de la policía). Además, el tirador asesinó a su mujer y a su madre, horas antes de trasladarse hasta la universidad.

Cuatro décadas después, Seung-Hui Cho, un estudiante del instituto politécnico de la universidad de Virgina (Virginia Tech) masacró a 32 personas, entre estudiantes y profesores, antes de suicidarse. Con su hazaña, Cho –de 23 años- se convirtió en el mayor asesino juvenil de la historia de los Estados Unidos, un título al que siempre parecen aspirar más jóvenes.
Por añadidura, Cho quiso emular a dos de sus héroes, responsables de la una de las matanzas estudiantiles con mayor transcendencia mediática. Sus nombres, Eric Harris y Dylan Klebold.
Ambos se han convertido -gracias al impresionante documental Bowling for Columbine rodado y dirigido por Michael Moore- en los pistoleros juveniles más famosos y reconocidos de cuantos han acudido a un centro educacional con ganas de vengarse del mundo.

Durante la mañana del 20 de abril del año 1999, Harris y Klebold asesinaron a doce estudiantes del instituto Columbine (Colorado) e hirieron a otros 23, antes de quitarse la vida.
Su macabro paseo por el que había sido su instituto fue recogido, por las cámaras de seguridad del centro, las cuales dejaron claro no sólo el tremendo arsenal atesorado por los dos jóvenes, sino la premeditación y sangre fría con la que ejecutaron su crimen.
Al final, ambos se suicidaron en la biblioteca que antes habían sembrado de cadáveres, con la misma tranquilidad y aplomo que demostraron durante todo el tiempo que duró su mortífera cabalgata.

La masacre de Columbine, antes y después del demoledor documental de Moore, dejó al descubierto la facilidad y permisividad con la que se logran obtener armas de fuego de gran calibre en los Estados Unidos. Harris y Klebold tuvieron a su alcance un abanico de armas más propias de un soldado profesional que de un estudiante de instituto.

A su vez, y como ya ha quedado claro en estos últimos años, ninguno de los dos ocultó sus intenciones, llegando a anunciarlas con antelación –algo que han llevado al extremo jóvenes como Hui Cho, Auvinen, Saari o Kretschmer, quienes colgaron vídeos en Internet o enviaron fotos a los medios el mismo día que pensaban actuar-.

Apoyándose en este último hecho, han sido muchos los que han criticado la facilidad con la que las nuevas tecnologías permiten a muchos jóvenes acceder a todo tipo de información, no sólo ideológica sino relacionada con el uso de las armas de fuego.
Sin querer restarle importancia a todo esto, lo que queda claro es la problemática que rodea a las armas de fuego, su uso y la formación –o la falta de ella- la cual termina por ocasionar tragedias como las que se han relatado en los párrafos anteriores.

Otras formas de comunicación y/ o artísticas tampoco han escapado de las iras de quienes consideran que el problema no son las armas en sí –o la facilidad con la se logran obtener en algunas partes del mundo- sino la llamada cultura popular.
De ahí que tras sucesos como el del instituto Columbine, el Rock & Rock y el Heavy Metal, la televisión, el cine, Internet o los cómic-books fueron tildados de cómplices por haber dado ideas a la pareja de jóvenes que asaltó el instituto situado en el estado de Colorado.

Lo paradójico del caso es que fueron muchos de esos medios de comunicación los que reflexionaron abiertamente y sin tapujos sobre las verdaderas causas de la tragedia de Columbine. Así, en series como Law & Order, Cold Case, Criminal Minds, NUM3ERS, Verónica Mars o Buffy the Vampire Slayer se hizo referencia, más o menos directa, a los sucesos de Columbine o se recrearon dichos sucesos, adaptándolos a la propia trama de la serie.
Bandas de Rock como la liderada por siempre controvertido –pero igualmente incisivo y lúcido- Marilyn Manson llegaron a dedicarle un álbum completo, titulado Hollywood (In the Shadow of Valley of Death) a los sucesos de Columbine.

En dicho álbum, Manson reflexionaba sobre la cultura popular americana, su querencia por las armas de fuego y la búsqueda del éxito fácil y mediático, sin reparar en nada para lograrlo. Canciones como Disposable Teens y The Fight Song trataban, directamente, sobre la matanza de Harris y Klebold.

Otros medios, como los comic-books también quisieron sumarse a la reflexión desatada tras aquel acontecimiento, aunque, esta vez, las intenciones del noveno arte se toparon con la censura editorial y la cerrazón de quienes piensan que los problemas se solucionan ignorándolos.

En esta ocasión, el mensaje llegó desde una de las colecciones estrellas de la línea Vertigo, Hellblazer, protagonizada por el detective de lo desconocido, John Constantine. Y, la verdad, su experiencia nos vendría muy bien para encontrar alguna explicación racional a sucesos como el de Columbine, Virgina Tech, Albertville o Jokela.

El responsable de la historia que originalmente se debió publicar en el Hellblazer# 141 era Warren Ellis, guionista británico, de sobra conocido por el mundo del fandom. Ellis había desembarcado en la colección en el número 134 y sus intenciones era quedarse una buena temporada, sobre todo tras el éxito de series como Transmetropolitan.
Además, su llegada a la colección de John Constantine se antojaba como la más idónea para conducir las andanzas de un personaje tan particular como el mencionado.

Y Ellis no decepcionó a los seguidores de la línea Vertigo, moviendo al personaje en los límites de lo “políticamente correcto”, siempre buscando la provocación y la respuesta en el lector. De ahí que, tras los sucesos del instituto Columbine, Ellis decidiera contar una historia basada en los tiroteos que tenían como escenario los colegios e institutos norteamericanos.

Shoot -cuya fecha original de publicación debía ser en agosto de 1999, cuatro meses después de la masacre de Columbine- empezaba de forma clara directa. En la tercera viñeta de la primera página -de seis en total- se ve como un joven saca un arma de su mochila. En la cuarta apunta a un compañero. En la quinta le dispara y en la sexta se coloca el arma en su propia sien, indicando que la próxima bala es para él.

Dichas imágenes, proyectadas en televisión, las está viendo una investigadora llamada Penny Carnes. Carnes está trabajando en una tesis doctoral sobre las causas de tal violencia gratuita sin sentido, la cual parece perseguir a los ciudadanos de Estados Unidos.

Como punto de partida, Carnes había escogido los sucesos acecidos en Jonestown, la comunidad creada por el megalómano y genocida reverendo Jim Jones en la Guayana, en los años setenta.

Jones y los miembros de su “Peoples Temple” se instalaron en aquel país, huyendo de las miradas de quienes los consideraban más una secta que un grupo social y religioso cercano a las ideas del socialismo soviético o cubano. Tras unos años de aparente prosperidad, la señal de alarma volvió a invadir los Estados Unidos –como ya ocurriera a principios de los setenta en la ciudad de San Francisco- ante los abusos cometidos por Jones en su retiro caribeño.
Ante las presiones recibidas, Jones aceptó que una comisión del Congreso, encabezada por el congresista Leo Ryan y miembros de los diversos medios de comunicación, visitaran las instalaciones de Jonestown, situadas a 200 km de la capital de Guayana, Georgetown.

Ryan y el resto de los integrantes del grupo llegaron a la comunidad fundada por Jones el día 18 de noviembre de 1978 y, tras hablar con Jones y varios miembros de la comunidad, pudieron constatar algunas realidades del lugar.

Por un lado, y tras las más de sesenta entrevistas realizadas, quedó claro que sólo una minoría quería abandonar el lugar. Ryan y su equipo tampoco encontró signos visibles de malnutrición y abusos en los miembros de la comunidad. No obstante, tampoco fueron ajenos a la paranoia que rodeaba los actos de un personaje tan controvertido como Jim Jones (1), algo que luego sufrirían en sus propias carnes
Visto lo sucedido después, resulta paradójico saber que Ryan y otros integrantes de su grupo, pensaban redactar un informe favorable sobre el trabajo de Jones en aquel remoto lugar.

Así, y una vez obtenido el permiso de Jones para que catorce miembros de la comunidad acompañaran al congresista en su viaje de regreso a los Estados Unidos, nada podía hacer sospechar lo que ocurrió después.
Esa misma tarde el 18 de noviembre de 1978, el congresista Leo Ryan, el fotógrafo del San Francisco Examiner Greg Robinson, los reporteros de la cadena de televisión NBC Don Harris y Bob Brown y Patricia Parks –una de las integrantes de la congregación de Jones que decidió abandonar Jonestow- murieron a causa de los disparos de un grupo de sicarios enviados por Jones hasta el aeropuerto de Port Kaituma. Otras nueve personas fueron heridas en dicho suceso.

Mientras tanto, y nada más conocerse el suceso del aeropuerto, Jones puso en marcha su demente plan, el cual consistía en lograr que todos sus feligreses ejecutaran un suicido revolucionario protestando contras las condiciones de un mundo inhumano y sin sentido.
El alegato de Jim Jones quedó grabado en una cinta de cassette, durante 44 minutos, la cual se conoce como “La cinta de la muerte”. En ella es posible escuchar las proclamas de Jones mientras convence a sus seguidores de que se tienen que tomar el veneno que, unos minutos antes, se había disuelto en varias bañeras llenas de agua.
Aquel suicido -tiempo atrás organizado- tenía como fin librar a los miembros de Jonestown de todos los males que les rodeaban en el mundo exterior. Y lo peor es que, salvo en algunos casos, la gran mayoría de los integrantes de la congregación aceptaron las proclamas de Jones como si fuera una ley divina y se tomaron un agua envenenada que acabó con sus vidas en menos de cinco minutos.

Durante los 44 minutos que dura la cinta, Jones no para de repetir frases como: No me importa cuántos gritos o lloros escuche a mí alrededor. La muerte es un millón de veces mejor que permanecer más tiempo en esta vida. Debemos morir con dignidad. Y eso que en la cinta también se escuchan los gritos y los sollozos de algunos de los 273 niños que murieron –de un total de 909 muertos- en su Jonestown.

Jones decidió terminar sus días pegándose un tiro en la cabeza, aunque, no es difícil imaginárselo, momentos antes de quitarse la vida disfrutando con el macabro y dantesco espectáculo de cadáveres diseminados por todo su Jonestown, imagen que luego recorrería el mundo entero.

Y es, precisamente, esa cinta la que escucha una y otra vez Penny Carnes, tratando de encontrar una explicación racional a las muertes de Jonestown. Con ello, Carnes busca encontrar una conexión que le permita entender los cuatro tiroteos que han sucedido en el último mes en los Estados Unidos, todos relacionados con jóvenes y adolescentes. En medio de su búsqueda y, tras un nuevo suceso, Carnes encontrará un detalle que se repite en todos y cada uno de los tiroteos acaecidos, la presencia de una misma persona. Su nombre, Jones Constantine.

Llegados a este punto, Carnes intercambia sus teorías con un colega y es aquí, cuando el guionista Warren Ellis comienza a tocar algunos puntos sensibles dentro de la sociedad americana. Por un lado está la siempre esgrimida Constitución de los Estados Unidos de América, la cual estipula, en su Segunda Enmienda –redactada, como el resto de las diez primeras en el año 1791- el derecho de todo ciudadano a tener/ poseer un arma para defenderse.

Dicha enmienda es la piedra fundacional de la no menos controvertida NRA (Asociación Nacional del Rifle) la cual no sólo defiende sino fomenta hasta límites insospechados el uso y proliferación de las armas de fuego en el seno de la sociedad americana.

Otro punto sensible se menta cuando el colega de Carnes le dice a ésta que no hay que olvidar la influencia de los cómics, las películas y los juegos para consolas, a lo que Carnes contesta que, sin lugar a dudas, el libro que ha inspirado más muertes a lo largo de la historia ha sido la Biblia. Su argumento provoca en su antagonista una repuesta tan sarcástica como la siguiente “Así que si hago un juego de ésos para la Nintendo y lo llamo Flying Chainsaw Jesus, ¿me forraría?
Al final, Carnes tiene la sensación que el resto de sus colegas prefieren buscar cualquier culpable antes que al “verdadero culpable”, por mucho que el problema se acreciente, cada día.

No obstante, las respuestas a muchas de sus preguntas acudirán hasta la misma investigadora, cuando John Constantine sea quien se dirija a ella para explicarle lo que está ocurriendo.
Constantine, con su estilo tan característico le contará que su relación con todos aquellos sucesos tendrá que ver con un favor a un amigo suyo, el cual perdió a su hijo en un tiroteo acaecido en la ciudad de Lousiana, hacía sólo un mes.

Ambas víctimas, el asesino y el hijo muerto de su amigo tenían diez años y, como en el resto de los otros casos, lo único que rondaba la mente de las personas que lo habían sufrido eran muchas preguntas y ninguna respuesta.
Constatine, después de comprobar cada uno de los lugares y, cómo no, leer las notas de la tesis de Penny Carnes había logrado hacerse una idea muy clara del por qué de todo aquello.

Según Constantine no eran los juegos para consolas, ni los cómics, ni el cine y la televisión, ni las canciones de Marilyn Manson los responsables de tanta locura homicida entre los niños y los jóvenes. Lo que verdaderamente estaba empujando a aquellos niños y jóvenes a empuñar un arma era algo muchísimo más grave, era la falta de esperanza.

Eran unos niños y jóvenes hacinados en colegios e institutos mal equipados, que no les aportaban ninguna formación para poder lograr una mínima ética social. Unos niños y jóvenes criados sin ningún tipo de referente paterno o materno, criados por terceras personas, la televisión y sus amigos. De ahí que su formación se debía más a los programas de televisión que a su propia familia. Y, para colmo de males, la misma sociedad les bombardeaba con mensajes ambiguos y cargados de demagogia, los cuales sólo les abocaban a un futuro totalmente provisto de cualquier esperanza.

De ahí que no fuera raro que, en las imágenes captadas por las cámaras de seguridad en algunos de los tiroteos, muchas de las víctimas ni siquiera corrieran. Parecía, al igual que los miembros de la congregación de Jim Jones que la muerte era una salida más válida que permanecer en este mundo.

La última imagen de la narración gráfica, en donde Carnes puede comprobar como uno de los chicos muertos le decía a su asesino que le disparara –de ahí el título de la historia- tuvo que colmar el vaso de la permisividad de los responsables de DC, razón por la cual el mundo del fandom se vio privado de una de las mejores muestra de la validez del noveno arte para denunciar problemas del mundo real.

El problema es que, tras Columbine y tal y como se ha detallado en el comienzo de este artículos, los jóvenes pistoleros han seguido proliferando y la lista es, cada vez, más larga. La situación ha llegado a un punto donde, ni siquiera los niños pequeños se encuentran a salvo.

Diez meses después de los sucesos de Columbine, un niño de seis años disparó y mató a una niña de su clase, también de seis años, llamada Kayla Rolland. El escenario fue el colegio elemental de Buell, en Flint, cerca de Michigan. La muerte de Kayla terminó por ser la disculpa perfecta para que el cineasta Michael Moore finalizará su documental Bowling for Columbine y, de paso, sacara las miserias morales del la NRA y de su líder, el actor Charlton Heston.

Afortunadamente, hoy en día y gracias a Internet, este tipo de historias ya no permanecen inéditas, sino que terminan siendo difundidas tanto o más que si se hubieran impreso. El mismo Warren Ellis, durante la celebración del Salón del Cómic de Helsinki del año 2007, dijo que estaba encantando de que los aficionados se descargaran su trabajo de la red y, especialmente, historias como las del Hellblazer# 141, la cual terminó por ser el detonante que le hiciera abandonar la colección, tres números después.

Shoot cuenta, además, con un magnífico dibujo de Phil Jimenez y Andy Lanning, el cual no hace sino acentuar la verosimilitud y dramatismo de la historia contada por Ellis. El rostro que ocupa buen parte de la última página no puede ser una muestra más elocuente de todo lo que se cuenta en las páginas anteriores. Sus ojos, vacíos de toda esperanza debieron conmocionar a quienes tomaron la decisión equivocada al prohibir la publicación de una historia como Shoot

Y para apoyar mis argumentos, no una muestra, sino tres: las masacres de universidad de Virgina, de la universidad finlandesa de ciencias aplicadas de Seinäjoki y del colegio de secundaria Albertville en la localidad alemana de Winnenden. Todas sucedieron después de los sucesos narrados en Shoot y dudo mucho que la publicación de la historia de Ellis hubiese empeorado las cosas. Es más, si algunos padres, educadores y políticos de mentes bien pensantes abandonaran sus rígidas posiciones y se dedicaran a buscar soluciones en vez de falso culpables, una lectura como Shoot seguro que les abriría los ojos sobre la realidad de los más jóvenes.

Para aquellos que quieran leer la historia, éste es uno de los enlaces en donde se puede descargar sus páginas http://kabukivice.ndo.co.uk/shoot.htm, con una calidad de definición bastante buena. El resto y las conclusiones que se saquen de su lectura es algo que corre por cuenta de cada uno.

(1) Para aquellos que quieran conocer, más en profundidad, les recomiendo el documental realizado por el canal History Jonestown: Paradise Lost (http://shop.history.com/detail.php?p=69978&v=All) emitido con motivo del treinta aniversario de dichos sucesos.

Hellblazer © and TM Vertigo/ DC Comics 2010.
Hellblazer# 141 “Shoot” © Warren Ellis por el guón y Phil Jimenez & Andy Lanning por el dibujo 2010

1 comentario:

  1. Es en verdad un maravilloso trabajo de arte que tienes aqui. Me gusto la investigacion (Y en verdad debio ser un trabajo colosal) que realizaste y la manera en que la expones en conjunto con tu opinion personal sobre la situacion del polemico numero de Ellis. Ellis es controversial y poco sensible, no me sorprende que haya decidido crear esa historia sin ningun sentimiento de empatia.
    Tienes razon en el analisis del final, la explicacion del Magus es basica: Son niños, siempre lo seran y ellos se han formado una idea de como funciona el mundo sin necesidad de que se lo inculques, se tienen su idea y a veces hacen cosas que solo ellos comprenden. La sociedad americana tiene un gran enfasis belico (Poco mas y te regalan armas en el cereal y galletas) y eso no ayuda mucho a la educacion de niños que se crian con terceras partes y con la caja tonta.
    Digna pieza de leer por completo tienes aqui, me imagino que la investigacion debio ser un trabajo colosal.
    Saludos de parte del lobo. :D

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