miércoles, 20 de junio de 2012

HACE YA DIEZ AÑOS

Hace exactamente una década se me ocurrió la peregrina idea de organizar un evento cultural que contravenía los dictados de quienes, normalmente, solían hacerse cargo de este tipo de propuestas. No desvelo nada si les digo que todo aquello que tenga que ver con el séptimo arte debe pasar por el ojo de censor de quienes, de una forma u otra, se han erigido como los jueces, jurados y verdugos de todo aquello que tenga que ver con el celuloide.

En cuanto al mundo gráfico, el noveno arte, ni antes ni ahora, la sociedad y las instituciones públicas le han dedicado la atención que se merece, delegando su difusión en personas que, o carecían de los más mínimos conocimientos, o en otras, cuyo único interés pasaba por el mero afán mercantilista, salvo muy contadas excepciones.

Por todo ello, organizar unas jornadas de cine fantástico -género que detestan esos mismos mandarines cinematográficos insulares, pero que, a fin de cuentas, se proyecta en una sala de cine- y de cómic, se antojaba como una iniciativa que se saldaría con un rotundo fracaso. Si a eso se le suma mi incapacidad para formar parte del gremio de los subvencionados, aquellos que vivían y aun viven al calor de las prebendas y los dineros públicos, el panorama no podía pintar peor.

No obstante, hay proyectos que nacen muertos y otros que, por el contario, logran sobrevivir en las condiciones más adversas, por extremas que éstas puedan sonar. Quizás por esa razón y por el hecho de encontrarme con personas que creyeron en el proyecto sin tan siquiera esperar una mínima compensación por su trabajo dieron como resultado que Phantacom, las primeras jornadas de cómic de Las Palmas de Gran Canaria, no sólo fueran una realidad sino un evento que se prolongó durante cuatro meses, en tres sedes distintas y con una programación que superó con creces las expectativas más optimistas.

Cierto es que, en los cinco meses de preparación, hubo de todo y cada cual quedó retratado. En algunos casos, las actitudes estaban justificadas por mis equivocaciones del pasado, algunas de las cuales me obligaron a replantear algunas de las propuestas iniciales y a encontrar soluciones alternativas. En otros casos, las “rasgadas de vestiduras” y las negativas al proyecto, enfatizadas a los cuatro vientos por personas, en su mayoría, relacionadas con el mundo del fandom comiquero, formaban parte del ruido de fondo y de una manera de pensar que siempre se mira el ombligo y es incapaz de ver más allá de sus narices.

Después, como dice Ana Belén en la canción El Hombre del Piano, “Siempre hay borrachos con babas que te recuerdan quien eres” o, por decirlo de otra forma, personas de una tremenda bajeza moral, empeñadas en medrar a costa tuya. Son personas que, como piensa el ladrón, “todos somos de su condición” y por eso, a imagen y semejanza suya, no dudamos en traicionar la confianza ajena con tal de prosperar. En mi caso, tuve y tengo mi conciencia bien tranquila, algo que dudo que dichas personas la puedan tener, aunque dudo, siquiera, que sepan lo que significa tener conciencia.

De todo se aprende y Phantacom me enseñó, por ejemplo, cómo un artículo de prensa puede cambiar a las personas o, en su defecto, hacerlas recapacitar, tragarse el orgullo y rebajarse hasta tener que hablar con una persona que detestaban, en este caso, yo. La realidad dicta que si quieres que algo salga bien cuéntalo solo a unas pocas personas y, cuando el tinglado sea público, quienes no comulgan con tus postulados se verán sin la más mínima capacidad de reacción. Admito que hubiera sido mejor poder contar con más ayuda y no tener que cargar con tanta responsabilidad, casi, en solitario, pero el afán de protagonismo, el ansia por salir en la foto final y el gusto por torcer las cosas a la conveniencia de cada uno dificulta mucho el lograr un buen entendimiento con los demás.

A pesar de todo, de los rumores, de los bulos, las mentiras y los corre-ve-y-diles, Phantacom logró contar con los suficientes apoyos necesarios y, en dos mañanas, también logró el apoyo económico que nunca tuvo en los meses previos. Antes, como ahora, ya había crisis, aunque no se decía con la boca grande, sino en privado y muy, muy bajito. Además era una crisis selectiva que tenía que ver más con quién pedía los dineros que con la validez y viabilidad del proyecto.

No obstante, tengo que admitir que, a pesar de dichos condicionantes, Phantacom contó, por primera vez en mi vida profesional, con apoyo institucional económico y sin tener que soportar ninguna larga espera, ni nada por el estilo. Esto no quiere decir que el montante económico sirviera para sufragar todos los gastos, dado que el proyecto se pudo llevó a cabo gracias a las aportaciones privadas y al dinero que puse encima de la mesa para hacer frente a todos los gastos generados durante los cinco meses de preparación de evento. Sin embargo, y por una vez, los responsables de un centro público entendieron que mi idea podía ser igualmente rentable y sin mentar al archipiélago, la bandera y la nación canaria por ningún lado.

Y junto a todos estos datos y hechos contrastados también están las personas que, de una forma u de otra, apoyaron, subvencionaron, aportaron sus conocimientos, sus recursos y su tiempo para lograr que Phantacom viera la luz. Ahora sé, como entonces, que, sin ellos, hubiera dado igual que mi idea hubiese contado con miles de euros de presupuesto. Sin una buena base, la mejor de las ideas se convierte en “papel mojado” y si no me creen piensen en los grandes fastos de “cartón piedra” y multimillonarios presupuestos, tan carente de sentido como impregnados de un mero afán electoralista.

De ahí que, llegados a este punto, quiera hacer mención a todas aquellas personas que, de algún modo u otro, me ayudaron durante estos meses. El orden no significa mayor o menor importancia, sino la manera en la que están archivados en mi memoria.

Las primeras personas que me dieron su total apoyo -antes siquiera de que Phantacom se llamara de esa forma- fueron los hermanos Rodríguez Acosta, Isabel, Jesús y Manuel y las personas que, entonces, trabajaban en las oficinas de la empresa Tropical Films de Canarias, Rita Mendoza, Víctor Doreste y Andrés Padrón. Todos ellos pusieron en mis manos unos recursos que, por aquel entonces, estaban solamente al alcance de unos privilegiados, entre los que no me encontraba yo.

Fueron unos meses en lo que no sólo pude investigar, catalogar e imprimir una enormidad de información, vital para un proyecto de estas características. Su ayuda no se limitó a eso, sino que, día tras día, siempre me apoyaron en todo lo que pude necesitar y confiaron en mi discreción y mi voluntad de no hacer nada que pudiera perjudicar la buena marcha de su empresa. Nada de lo que sucedió entre aquellas paredes, ni las conversaciones mantenidas, ni el material aportado salieron nunca de aquellas paredes, aunque quienes gustan de las conspiraciones pensaran lo contrario. En mi casa me enseñaron a ser agradecido, pero también a ser leal y a no traicionar la confianza de quienes, sin pedir nada a cambio, me ayudaron de aquella forma.

Luego está Julio Rodríguez, a quien debo lo poco que sé del ploteado de imágenes, la impresión a gran tamaño y todo lo relacionado con su posterior montaje para luego hacer una exposición. En este apartado fue fundamental el apoyo de Andrés Padrón y su sensacional archivo cinematográfico. Gracias a su generosidad, pude incluir un material que, de otra forma, me hubiese estado vetado, dado su altísimo coste y sin necesidad de tener que buscarlo por medio mundo.

En cuanto a la parte cinematográfica, ésta no habría llegado a nada de no ser por los entonces miembros del colectivo cinematográfico Vértigo y la persona que hizo de mediador, Paulino Bethencourt. Su implicación en el proyecto posibilitó que Phantacom no sólo tuviera una magnífica programación, sino que sus actividades llegaran hasta el salón de actos del Paraninfo de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y me diera la oportunidad de disfrutar de la experiencia de mantener un encuentro en el ámbito académico. No me quiero olvidar de David Rosales, quien me brindó la oportunidad de proyectar su corto “Imperio Oscuro; Transición”, sin lugar a dudas, una de las mejores aportaciones al, ya vasto, universo creado por George Lucas.

Sin abandonar el ámbito cinematográfico hubo otras dos personas que también aportaron mucho más que sus conocimientos. Éstas son el profesor Luis Maccanti y el decano proyeccionista Saulo Torón. Ambos son el vivo ejemplo del dicho “El espectáculo debe continuar” y, sin ellos, el que yo preparaba, entonces, dudo que hubiera alzado el telón.

En el apartado de la difusión, Aitor Guezuraga fue capital para presentar el evento al público, además de aportar las ideas justas para completar la parrilla de exposiciones. De igual forma, Fernando Castellano, entonces responsable del magazine MC2, tampoco dudó en apoyarme y darme la mayor difusión posible. El tercero en discordia fue Julio Gutiérrez, entonces redactor en jefe del este periódico, quien, sin saber yo muy bien por qué, publicó en la sección de opinión el texto de presentación de Phantacom. Entre los tres, el secreto de antes se convirtió en una realidad que, luego, me hizo recorrer emisoras de radios, platos de televisión y otros medios impresos del archipiélago.

Si me ciño a las sedes en las que se montaron las diversas exposiciones, los talleres y los encuentros sólo puedo estar agradecido a quienes me abrieron las puertas del Centro Comercial Las Arenas, la Casa Condal de San Fernando de Maspalomas o la sala de exposiciones de la biblioteca insular de Las Palmas. En cada uno de los sitios, el trabajo quedó tal cual se había proyectado -a pesar de los problemas con alguna pared que otra- y todo el esfuerzo previo se vio recompensado por el aspecto final de las muestras y el desarrollo de los talleres y encuentros.

No pretendo decir que todo fue idílico y no tuve que hacer frente a los modos, las maneras y el “manual de estilo” de cada uno de los centros en los que trabajé. En realidad y en parte por todas las experiencias vividas en aquellos meses, y en los años previos, Phantacom supuso un punto y final en mi trayectoria profesional en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, tras varios años de actividad continua. Durante el siguiente lustro, pasé a desarrollar mi actividad profesional como parte del organigrama del Salón Internacional del Cómic de Sta. Cruz de Tenerife, gracias a la invitación de Patricio García Ducha y solamente volví a trabajar en Las Palmas de Gran Canaria, en proyectos muy determinados y más por mi relación personal con sus organizadores que por mi interés en hacerlo. No obstante, gracias a Phantacom, fui invitado a Tenerife y aquella invitación derivó en una relación profesional de cinco años y en una personal que aun perdura.

En cuanto al material cedido y/ o aportado, la mitad del esqueleto expositivo de Phantacom se sustentó en las empresas Famosa Comercial y Popular de Juguetes. En el primer caso, Phantacom supuso el final de una larga relación profesional con la familia Cabestrero, gracias a la cual pude desarrollar más de una docena de proyectos en las islas. En el caso de la segunda, su participación sobrepasó mis mejores expectativas, sin tan siquiera tener una relación previa, algo que sí sucedía con la empresa Famosa.

Editoriales de la talla de Ediciones B, Panini Comics o Martínez Roca cedieron aquello que estaba en su mano, completando el mosaico necesario en un evento de estas características. Y la Librería Porto, me abrió sus puertas y me dio, entre otras cosas, un lugar donde reunirme y poder organizarme.
Hubo quienes, en contraposición, me ningunearon, me prometieron cosas que nunca me dieron o que, si lo hicieron, fue por cubrir el expediente. Ellos también me enseñaron una valiosa lección y me dejaron claro lo siguiente: si quieres que un proyecto salga, debes invertir tu dinero y no esperar a que nadie te lo de.

Hubo personas que, sin participar, también ayudaron, siendo éste el caso de Orlando Herrera, dado que, gracias a las vitrinas que logró ensamblar unos años antes, el material que formaba las exposiciones se pudo exhibir sin problemas y sin miedo a los “amigos de lo ajeno”.

Para el final dejo a quienes más pusieron de su parte, sobrepasando, con mucho, lo que significa el verbo ayudar. Una de esas personas fue Juan Pedro Rodríguez Marrero, compañero en mis batallas, trabajador incansable, persona seria, leal, profesional y capaz de olvidarse de su misma salud con tal de llevar a buen puerto un proyecto. Su entrega y dedicación fue total y, sin él, nunca se hubieran podido montar las exposiciones, organizar los talleres, ni haberme marchado al Salón Internacional de Cómic de Sta. Cruz de Tenerife.

La única pega que se me ocurre es que, por culpa de su carácter -enemigo de cualquier protagonismo- fueron pocos los que repararon en su ENORME aportación y en sus cualidades como organizador y profesional. Por fortuna, la celebración del Gran Canaria Comicfest 2012, ha servido para poner las cosas en su sitio y dejar, bien claro, sus cualidades, sus tremendas virtudes como profesional y su talante serio, conciliador y carente de artificio, y la banalidad de quienes aun presumen de ser los adalides y defensores del noveno arte en Canarias.Ojalá hubiera más profesionales como Juan Pedro Rodríguez Marrero y menos “pavos reales” sueltos en el mundo del fandom. Si así fuera, las cosas serían bien distintas.

Para el final dejo a mi mujer, entonces mi novia, Elena, quien creyó en un proyecto absolutamente disparatado por causas que se me antojan difíciles de entender y que no cesó hasta que una idea escrita en una hoja de papel de fax fuera una realidad. Su apoyo constante fue el mejor motor para que todo saliera como es debido, sin importarle el tiempo invertido, ni los obstáculos con los que nos fuimos encontrando, un día sí y otro, también.

Diez años después, dudo que me embarcara en una idea tan compleja sin contar con ninguna ayuda para sustentarla, pero puede que por eso Phantacom cuajara y no se saldara con el fracaso que les comentaba, al principio de esta columna. Al no tener muchas expectativas, no tenía mucho que perder y todo a ganar y, está claro, así se trabaja mejor. Y a las pruebas me remito.

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