viernes, 26 de octubre de 2012

R&A 2012. Iron Sky

¿Se imaginan que el Reich de los mil años, aquel que iba a dominar TODO el mundo conocido durante centurias, no hubiese desaparecido con la caída de Berlín y la muerte de su canciller, Adolf Hitler, en abril del año 1945?...Y ya puestos a imaginar ¿se imaginan que la maquinaria tecnológica y bélica nacionalsocialista hubiera logrado colonizar la luna, décadas antes de la llegada de los astronautas del proyecto Apollo 11?

Escondidos en la cara oculta de la luna, la base del nuevo Reich alemán, lo nazis tendría todo el tiempo del mundo para preparar una nueva invasión del planeta -ahora llegada desde el espacio exterior- ante los atónitos ojos de los ciudadanos del planeta Tierra.

La premisa, por disparatada que pueda sonar, no lo es tanto, más si se tiene en cuenta los tremendos avances tecnológicos desarrollados por los ingenieros alemanes al servicio del Reich, los cuales crearon, entre otras muchas cosas, el primer caza a reacción y el primer misil de la historia de la humanidad, antesala de los cohetes que llevaron al hombre hasta la superficie lunar.

Si a esto se le junta el demente discurso sostenido por Hitler y sus acólitos -y sus ansias por dominar, no el mundo, sino el universo entero- teorizar sobre una supuesta colonización lunar por parte del Reich alemán es sólo cuestión de tiempo y tener ganas de hablar acerca de realidades alternativas.

Me imagino que algo de esto fue lo que motivó al director, guionista, actor y cantante finlandés Timo Vuorensola a embarcarse en un largo y farragoso proyecto que acabó siendo Iron Sky, su primer largometraje para la gran pantalla. La película, escrita por Johanna Sinisalo y Michael Kalesniko, además del propio Vuorensola, parte de la premisa con la que empieza este artículo; es decir, tras la derrota del Reich alemán, un grupo de supervivientes nazis se instalan en la luna para, desde allí, preparar la que será la invasión definitiva, en el año 2018.

Timo Vuorensola, conocido por sus parodias sobre el universo Star Trek -Star Wreck IV: The Kilpailu; 1997: Star Wreck V: Lost Contact y Star Wreck: In the Pirkinning, la última de las cuales se convirtió en todo un éxito en la Red- pudo mezclar en Iron Sky su pasión por la ciencia ficción, la historia más reciente del continente europeo, la sátira social y política, y su querencia hacia el cine más clásico, en especial, el Gran Dictador del genial Charles Chaplin.

Y es en detalles como éstos, en donde Iron Sky se diferencia de otras propuestas de género, las cuales beben sólo de otras propuestas similares, pero olvidan influencias externas del séptimo arte que no tienen nada que ver con la ciencia ficción o la fantasía. Piensen que el discurso sobre el que se sustenta este cuarto Reich es una selección de secuencias de la película el Gran Dictador, sobre todo aquellas en la que Adenoid Hynkel, dictador de Tomainia, disfruta con la imagen del “mundo en sus manos”, jugando como un niño pequeño que quiere tenerlo todo, todo, todo.

Dicha idílica imagen del dictador cinematográfico, interpretada por Charles Chaplin justo cuando el mundo no había despertado del embrujo del nacionalsocialismo hitleriano, es la que ha motivado el empeño y la dedicación de Renate Richter, profesora de estudios terrestres en la colonia lunar y entusiasta hija del doctor Richter, el megalómano científico creador del todopoderoso acorazado galáctico Götterdämmerung.
La vida de Renate gira alrededor de la expansión de la ideología del cuarto Reich y su relación con el no menos megalómano comandante Klaus Adler, quien se postula como relevo del decrépito führer Wolfgang Kortzfleisch.

Sin embargo, su rutina y sus creencias cambian con la llegada de James Washington, un astronauta afroamericano, pues Renate sólo conocía a los afroamericanos según los dictados del régimen y los consideraba seres inferiores. Washington llega hasta el satélite por obra y gracia de la incalificable presidenta de los Estados Unidos de América que recuerda PODEROSAMENTE a cierta ex-candidata a la vicepresidencia de la misma nación que, afortunadamente, sólo fue eso, una candidata.

A partir de entonces la vida de Renate Richter cambia drásticamente y, sin casi poder asimilarlo, viaja hasta el planeta Tierra, en compañía de su prometido Klaus Adler –dentro de un platillo volante del cuarto Reich- y, poco después, ambos acabarán convirtiéndose en la imagen publicitaria para la relección de la grotesca e igualmente totalitaria presidenta electa que aparece en la película. La esperpéntica política se sirve de la ingenuidad de la profesora y de los delirios de Adler para lograr darle un empujón a su farisea campaña de relección.

Mientras tanto, la vida de James Washington se ha convertido en una pesadilla, en especial cuando el régimen nacionalsocialista jugó con sus genes para lograr que luciera como un ario puro e inmaculado. En esto, los guionistas satirizan, sin querer ser irrespetuosos con la historia, los deleznables experimentos del doctor Joseph Mengele, “el ángel de la muerte”, quien llegó a inyectar tinta de color azul en los ojos de los niños judíos para tratar de cambiarles su color original. Para desgracia de Washington, los experimentos del padre de Renate irán un paso más allá, tal y como se podrá comprobar.

Paradójicamente será la película de Charles Chaplin, fuente de inspiración ideológica de la joven profesora, la que acabe con su sueño de un Reich que lleve la paz y la prosperidad a todos los rincones del mundo y le abra los ojos antes lo que, en verdad, fue el Reich de Adolf Hitler y todos sus lugartenientes.

A partir de entonces, la película combina la epopeya galáctica, a lomos del crucero estelar USS George W. Bush -enviado por la presidenta para detener la invasión nazi- momentos exportados de la no menos satírica y, a ratos, esperpéntica Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, dirigida por Stanley Kubrick 1964, y la carrera contra reloj, protagonizada por Renate Richter y James Washington, con quien la profesora se encontró en la ciudad de Nueva York tras el regreso del astronauta, tras su aventura en la luna, en su afán por detener los malévolos planes del ya führer Klaus Adler.

Iron Sky no es sólo una muestra de que el cine de género, el buen cine de género, ya se puede encontrar en cualquier lugar del globo, sino que, las películas pueden tener una doble y hasta una triple lectura, sean del tema que sean.

En Iron Sky hay ciencia ficción y ficción científica, pues los platillos volantes que aparecen están basados en diseños de los ingenieros alemanes de aquella época y hay fuentes que afirman que aparatos de estas características llegaron a volar durante los meses previos al final de la guerra. Además, la película pone sobre la mesa el tremendo error que supone la elección de personajes desprovistos de cualquier tipo de ética y catadura moral, únicamente empeñados en sobrevivir en su puesto, a costa de quien sea. La pelea de los representantes de las principales potencias, imagen que ocurre de verdad en algunos parlamentos electos, es una exageración que, cada día que pasa, se vuelve más plausible.

Por último, el discurso totalitario nacionalsocialista -utilizado en la película por la demente presidenta- no forma parte de un guion cinematográfico, sino que conforma el ideario de muchos partidos que se califican de democráticos, pero que no dudarían en emular las tácticas y las querencias del partido liderado por Adolf Hitler, si llegaran a ocupar el poder en sus respetivos países.

En Iron Sky, Renate Richter es capaz de asumir su error, pero, en el mundo real, y con la crisis actual, es difícil saber si el resto de los ciudadanos serían capaces de recapacitar como ella y no dejarse seducir por la demencia que invadió no sólo Alemania, sino buena parte del mundo, incluyendo nuestro país.

Imagen Julia Dietze © Blind Spot Pictures 2012

miércoles, 17 de octubre de 2012

EL CAPITÁN SKY Y EL MUNDO DEL MAÑANA

La poca repercusión que acabó por tener una película como El Capitán Sky y el mundo del mañana deja bien a las claras las dos siguientes cosas: la deuda que todavía tiene el fantástico por cobrar en nuestro país y la falta de evolución en buena parte de la crítica especializada (más allá de festivales como Sitges) y de muchos espectadores que no terminan por definir sus gustos cinematográficos o se dejan influir con demasiada facilidad

Puede que para muchos la película, con ese toque retro-años cuarenta, no aporte nada a un arte que está viviendo tiempos de sequía creativa.
Considero, por mi parte, que El Capitán Sky es un maravilloso homenaje a muchos grandes clásicos del cine y los cómics de ciencia ficción y aventuras, colocados de la manera correcta y no al revés.
Y pienso que el problema reside, precisamente ahí, en el aunar clásicos del fantástico, muchos de los cuales no son del dominio público, por causas ajenas a su voluntad, pues no se puede culpar a varias generaciones de la estrechez de miras de los responsables de estrenar tal o cual título, o de publicar tal o cual historia.

Es por ello que referencias a la serie de animación de Superman, creada por los estudios de Max Fleischer en 1.941, serán pasadas por alto por muchos de los espectadores.
Sin embargo, los robots que llegan para atacar a la ciudad de Gotham -la misma que la de cierto caballero nocturno- son muy similares al robot al que se enfrenta Superman en el episodio The mechanical Monster.
Igualmente y, a pesar de contar con una adaptación cinematográfica protagonizada por la espectacular Brooke Shield, Brenda Starr, reportera intrépida, sólo es conocida por los seguidores de las tiras de prensa clásicas de los treinta y cuarenta en los Estados Unidos. Conociendo a la susodicha periodista gráfica de The Flash (desde el año 1.940) verían sus similitudes con Polly Perkins, papel interpretado por Gwyneth Paltrow.

Otra referencia clara y diáfana al mundo del fandom, en este caso una referencia mucho más actual, se encuentra en el papel que interpreta Angelina Jolie, la comandante del escuadrón submarino de la R.A.F, Francesca “Franky” Cook, a bordo de una base aérea flotante. En este caso, las similitudes con un veterano personaje de Marvel Comic son sobresalientes. Dicho personaje, soldado y espía, responde al nombre de Nicholas “Nick” Furia.
Éste, coronel y el jefe de una agencia de espionaje llamada SHIELD, también tiene su sede en una base aérea llamada el Helitransporte.
La mayor similitud es que ambos, además de tener un peculiar sentido del humor, llevan un parche cubriendo uno de sus ojos (Cook el izquierdo y Furia el derecho)
El cambio en el sexo no evita que los aficionados a las aventuras del espía masculino por excelencia del Universo Marvel (el espía femenino es Natasha Romanova, la Viuda Negra) reconozcan las similitudes al instante.
Y qué pueden decir de Dex, el genio capaz de lograr que el avión del Sky navegue cual submarino, además de estar equipado con todo tipo de artilugios. Dex se presenta como cualquiera de los inventores medio locos, desde Katatakus Pott (Chitty-Chitty, Bang-Bang) pasando por el bueno de Q (el suministrador de accesorios para James Bond) y terminando por Tony Star, Iron Man "el hombre de hierro", inventor, entre otras cosas del Helitransporte de SHIELD.

Para terminar, el Capitán Sky en si mismo resume varios elementos del imaginario histórico de la década de los treinta y cuarenta.
Además, es uno de los miembros de los míticos Tigres Voladores -cuerpo de pilotos voluntarios, también llamados mercenarios, por los japoneses. Éstos estaban pagados por el gobierno chino y por las fuerzas aéreas americanas para atacar a las formaciones japonesas que asolaban buena parte de China.
Al mando del capitán Claire L. Chennault, los Tigres voladores se forjaron una reputación de temibles adversarios, a bordo de sus anticuados Curtis P-40B (uno de los cuales pilota el Capitán Sky en la película) adornados con sus dientes de tiburón en el morro y luciendo su emblema del tigre entre la V de la victoria, diseñado por la propia empresa Disney.
Además, los Tigres Voladores contaron con el duque, John Wayne, para emularlos en la pantalla grande en 1.942.

Con todos estos elementos, el director Kerry Conran recurrió a buena cantidad de referentes muy conocidos.
Así nos encontramos con la silueta del zeppelín Hindenburg (destruido en un accidente rodeado de misterio en 1.937), a trasatlánticos hundidos en el mar como el Lusitania (al Titanic lo dejamos tranquilo) o a animales en miniatura como los que aparecían en las películas Dr. Cyclos (1.940) o Devil Dolls (1.936)

Para el climax final llegaremos a una isla perdida con escenarios muy reconocibles -el árbol que deben pasar Polly y Joe es el mismo que se puede ver en las versiones clásicas de King-Kong- y bases secretas estilo James Bond, en donde se esconde cohetes calcados a los utilizados en Cuando los mundos chocan.
Por último, está muy clara la influencia de Fritz Lang y su inmortal Metrópolis, sobre todo en la misteriosa Ling Bai, remedo de la María de Lang, y de los seriales cinematográficos de los cuarenta y cincuenta, Buck Rogers y Doc Savage entre otros.

Ahora, mézclenlo todo bien mezclado, con elementos propios del fandom y les saldrá una apasionante aventura que no deja tiempo para respirar al espectador, siempre con la sombra del misterioso Totenkof, quien resulta ser el rostro de un joven y siempre recordado Sir Laurence Olivier.

Tendremos persecuciones aéreas, submarinas, buenos, malos, científicos desaparecidos, robots diabólicos y pistolas de rayos, trampas mortales y bombardeos aéreos como el de Pearl Harbour, causados por unas naves que enrojecerían de envidia al mismísimo Ed Wood.
Sin embargo, la mejor sensación de todas es el derroche visual al que asistimos desde el mismo momento que las luces se apagan, símbolo inequívoco que, para algunos, el cine sigue siendo una fábrica de sueños y no un lugar donde ir a despotricar de lo que se ha visto.

Título original: SKY CAPTAIN AND THE WORLD OF TOMORROW
USA: 2004
Director: Kerry Conran
Intérpretes: Jude Law, Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Giovanni Ribisi, Michael Gambon, Ling Bai y Sir Laurence Olivier

Sky Captain and the world of tomorrow © Paramount Pictures 2012.

sábado, 6 de octubre de 2012

Espoo Ciné 2012: Muerte de un superhéroe

Si existe una verdad absoluta, desde el mismo instante en el que nacemos, es que nuestra vida es finita. La muerte, dama enjuta e implacable, la cual siempre está a nuestro lado, será quien, un buen día, nos diga que nuestro tiempo ha pasado y que debemos abandonar este mundo cogidos de su mano.

Otra cosa es cómo y cuándo nos toque abandonar este mundo, y de qué forma. En algunos casos, los seres humanos pueden disfrutar de una existencia casi placentera, siempre y cuando los que te rodean no se metan en tu vida por capricho, sin consultar.
En otros casos, el momento de partir es tan cercano al nacimiento que a la persona ni siquiera le da tiempo de aprender las reglas sobre las que nuestra demencial sociedad se sustenta y poder disfrutar de un momento de tranquilidad.

Donald (Thomas Brodie-Sangster) es un joven de quince años que, enfermo de cáncer, responde al segundo modelo antes citado. Desde bien pequeño ha estado visitando hospitales, salas de urgencia y consultas de especialistas, mientras su cuerpo era sometido a mil y un experimentos, los cuales poco han podido hacer para remedir su situación. Su vida, al revés que las de sus compañeros de clase, significa estar atrapado en una continua y dolorosa pesadilla, de la cual no hay vía posible de escape. Los únicos momentos en los que Donald logra olvidar su existencia los consigue gracias a sumergirse en sus oscuros, pero balsámicos dibujos, instantes en los que el joven deja de ser una víctima y se convierte en un superviviente.

Sus historias gráficas, las cuales transcurren como una suerte de serie animada en su mente, están plagadas de enfermeras sexis, pero sádicas, dementes doctores y hospitales exportados de una antesala del infierno. En medio de tan hostil escenario, el héroe de la historia dibujada por Donald se comporta como lo hiciera el mítico personaje de Den, creado por Richard Corben en 1975, haciendo frente a todas las amenazas sin que le tiemble el pulso.

El problema es que, al revés que su personaje gráfico, la vida de Donald cada vez se resiente más, y nada parecer calmar la creciente ansiedad que vive el joven. Sin embargo, la llegada de una nueva alumna, la contestataria Shelly (Aisling Loftus) y conocer al doctor Adrian King (Andy Serkis), un tanatólogo que también ha perdido a su esposa por culpa del cáncer, le hará afrontar su condicionada vida de una forma diametralmente opuesta.
La muerte de un superhéroe es una película clara, directa, sin edulcorar la situación que les ha tocado vivir a los personajes y que pone sobre la mesa asuntos tan delicados como la calidad y la forma en la que se debe afrontar el momento de la muerte, sin los estereotipos tal del gusto de las mentes “bien pensantes”.

Donald es un adolescente real, con los problemas de cualquier joven de su misma edad, aunque condicionado por una enfermedad que le hace ver las cosas de otra forma. Su rebeldía y hastío está, en su caso, mucho más justificada que en muchos de sus compañeros, los cuales no tienen ninguna razón de estar enfadados con el mundo.

A su lado, unos padres que no saben muy bien qué hacer ante la cruda realidad, un hermano igualmente despistado, y una joven, Shelly, con las ideas un tanto más claras que Donald, algo, por otro lado, normal. La última pieza del puzle, el doctor Adrian King, no sólo le abrirá los ojos al joven en muchos aspectos, sino que, por su relación, también él recordará cosas que quedaron guardadas con la muerte de su esposa.

Además, la película demuele muchos de los tópicos que rodean al mundo gráfico y su nula capacidad para tratar los problemas reales de nuestra sociedad. El uso que de ellos hace el director de la película Ian Fitzgibbon y el guionista Anthony McCarten -autor de la novela original en la que está basada la historia- son una buena muestra de lo equivocados que están los que creen que los cómics son sólo para niños y que quienes disfrutamos con su lectura somos incapaces de aceptar la realidad tal cual es.

Y puede que los superhéroes también mueran, pero su vida y sus actos no pasarán desapercibidos para muchas personas, sobre todo para aquellas con la mente abierta. No para quienes su inmovilismo e ignorancia los hace incapaces de ver qué ocurre a su alrededor. Por todo ello, ésta es una película muy válida y recomendable, a pesar de a lo que recuerde su título.