martes, 18 de junio de 2013

LA GUERRA DE LA E.C. TEXTOS PARA UNA EXPOSICIÓN.


Analizar un determinado periódico histórico supone siempre un reto. Y no solamente por el ejercicio de introspección que acarrea el sumergirse en una época que sólo se puede conocer gracias a las  vivencias de otras personas, que no por las de uno mismo, sino por la distancia que se debe mantener cuando se debe juzgar determinados sucesos, algunos de los cuales chocan con las convicciones éticas y morales de cada uno. 

Si no se logra mantener dicha distancia, el análisis resultante no sólo no aportará nuevas luces sobre el periodo de estudio, sino que éste sólo ayudará a perpetuar los errores de percepción basados en una visión impregnada por los estereotipos ideológicos que predominaban en aquel momento histórico.  Es cierto que no siempre se puede mantener la perspectiva deseada, pero no es menos cierto que las motivaciones personales de cada uno los protagonistas de una determinada historia no suele responder a un patrón lineal, ni mucho menos.

En realidad el carácter de las personas suele estar compuesto por una suma de pequeñas contradicción, sinsentidos y percepciones basadas más en los sentimientos que en el análisis empírico y racional. De ser así, las relaciones con nuestros semejantes no serían tan complejas como en realidad son, razón por la cual muchos de los sucesos que estudiaremos a lo largo de este texto, la mayoría de ellos relacionados, de una forma u otra con la editorial Entertaining Comics –E.C.Comics- hubieran sucedido de otra forma o nunca se hubiesen desarrollado. 

Sólo de esta forma se pueden entender las reacciones y posturas que defendieron personas tremendamente liberales en su vida profesional y personal, pero que, en un determinado momento, actuaron de manera similar a quienes encabezaron la criminal y cobarde inquisición medieval. Luego están quienes vieron una inmejorable oportunidad para medrar, a costa de la desgracia ajena, y quienes entendían y entienden el mundo empresarial como una guerra abierta y sin cuartel, guerra que no conoce ninguna traba ética y moral.

Por último hay que situar el escenario de análisis en el contexto político-económico e ideológico que, desde hace noventa años, persigue a nuestro mundo civilizado, polarizándolo hacia un lado o hacia otro, y cuyos resultados sólo favorecen a una minoría que, pase lo pase, siempre sobrevive.
Dicha polarización, la cual alcanzó su momento álgido durante cuatro décadas –a partir de finales de los años cuarenta y hasta principios de la década de los noventa, del pasado siglo XX- casi acaba con el mundo conocido y con el esperpento de sociedad humana que lo habita, a causa del continuo estado de indefensión y paranoia que se vivió durante aquellos años.

ANTECENDENTES

Y es que si hay una palabra que pueda definir aquellos convulsos años, y las actuaciones y motivaciones de quienes vivían entonces, paranoia es, sin duda alguna, la más acertada.

Atendiendo a su definición médica, la paranoia es un término psiquiátrico que describe un estado de salud mental patológico en el que el paciente sufre delirios -percepciones y creencias sistemáticas y erróneas, desconectadas de la realidad y resistentes al cambio- de los cuales los más comunes y más conocidos son los de persecución y de grandeza. En la forma más grave, la psicosis conocida como esquizofrenia paranoide, el paciente puede tener alucinaciones en las que personajes históricos, mitológicos o religiosos se le aparecen y le transmiten mensajes, alucinaciones obviamente conectadas con los delirios de grandeza del paciente. 

El psiquiatra y escritor español Enrique González Duro, en su libro La paranoia (1991), afirma que “el pensamiento paranoide es rígido e incorregible: no tiene en cuenta las razones contrarias, sólo recoge datos o signos que le confirmen el prejuicio, para así convertirlo en convicción”.
Tal patología clínica define a la perfección los comportamientos de buena parte de los líderes políticos y de muchos de los grupos de presión que manejaron el mundo de una forma totalmente delirante durante aquellos años, un comportamiento que desembocó en la todavía recordada y, casi me atrevería a decir que añorada por muchos, “Guerra Fría”. Nota 1

En esto, como en cualquier otro tema de estudio, hay diferentes teorías.
A.J. Ball, en su libro The Cold War. An International History, 1947-1991, recoge algunas de ellas. Una teoría comenta que la paranoia injustificable estalinista y el expansionismo tradicional ruso hicieron de la Unión Soviética una potencia inherentemente agresiva tras 1945, pues ambicionaba subyugar la Europa del Este, minar la posición de la Europa occidental y dominar las nuevas naciones emergentes tras el periodo colonialista, a través no solo de ideología, sino de ayuda humanitaria. 

Gal Alperovitz, por su parte, publicó un libro basado en su tesis doctoral titulado Atomic Diplomacy: Hiroshima and Potsdam in 1965. En sus páginas se argumenta que la administración Truman no tomó la decision de lanzar las bombas atómicas en Japón para evitar gran cantidad de muertes, tal y como se dijo en su momento, sino para demostrar a la Unión Soviética cuán poderosa era la nación americana. Nota 2

El resultado de todo fue la ya comentada bipolarización, una circunstancia que aceleró hasta el  extremo más censurable el afán por controlarlo todo y a todos, y que llevó al mundo “civilizado” a tener que volver a pasar por la misma esquizofrenia paranoide de la que hiciera gala el régimen nacionalsocialista alemán, dentro y fuera de sus fronteras. Quienes solamente unos años antes habían combatido al Reich de los mil años, se embarcaron en una peligrosa deriva ideológica que les hizo borrar, de un plumazo, las mismas leyes y los mismos principios que inspiraron una contienda como la Segunda Guerra Mundial.

Sólo así se entiende que, un año y medio después de finalizados los juicios de Nuremberg, (Noviembre 1945- Octubre 1946) the Army Counter Inteligente Corps (C.I.C.) reclutara a Klaus Barbie y a otros criminales del Reich alemán, en su empeño por conocer los secretos del bando soviético. Klaus Barbie, conocido por el sobrenombre del “Carnicero de Lyon” por la Resistencia Francesa era un nazi acérrimo –leal, brutal pero no especialmente inteligente. Era un verdadero sádico, el prototipo de hombre de la SS.
Entre 1942 y 1944, como Jefe de Inteligencia de Sicherheitsdienst en Lyon, estuvo involucrado en 4342 asesinatos, y envió a casi 8000 personas a campos de exterminio.

El problema fue que las tropas estadounidenses que lucharon en la Segunda Guerra Mundial volvieron demasiado rápido de vuelta a casa. Y las tropas de refresco, no sabían, pues no habían visto de primera mano, las atrocidades cometidas tanto por los nazis como por los soviéticos. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que los rusos no habían cambiado y, por ello, reclutaron a oficiales de la SS, tales como Barbie, para luchar contra los soviéticos. 

Dabrinnnnghaus, Erhard. Klaus Barbie.
Acropolis Books Ltd
Washington DC 1984

Y mientras esto sucedía en la Europa recién liberada, en Asia, los Estados Unidos de América, luego de ocupar una parte de Corea, apoyaban su expansión y sus esfuerzos por evitar cualquier avance del bloque soviético no en los habitantes del país, sino en los antiguos oficiales de policía que trabajaban para el ejército imperial japonés, los mismos contra los que habían combatido poco tiempo antes.

Desde el principio, las tropas estadounidenses vieron en los japoneses una gente colaboradora, dócil y organizada, mientras que a los coreanos se les consideraba obstinados, indisciplinados y desobedientes. Sumado a que los coreanos no hablaban inglés y que éstos pugnaban entre ellos mismos por hacerse con el control de sus respectivas provincias, no es de extrañar que las tropas estadounidenses identificaran tan solo una fuerza local estable; es decir, los japoneses. Y la lengua franca establecida fue el japonés.

HASTING, MAX
The Korean War
Michael Joseph Ltd
27 Wrights Lane, London W8 5TZ
Second edition, December 1987

Estos dos ejemplos sirven para situarnos en un entorno socio-político tremendamente hostil y radicalizado, inmejorable caldo de cultivo para el desarrollo de cualquier tipo de radicalismo ideológico, por muy disparatado o demencial que éste pudiera llegar a sonar y del que la editorial E.C. Comic fue una de sus víctimas.

Porque, de otra forma, nunca se hubiera podido entender el meteórico ascenso de un político combativo, pero no especialmente notable como lo fue el senador republicano Joseph “Joe” McCarthy.

Joseph McCarthy irrumpió en la arena política en plena Segunda Guerra Mundial, pero no fue hasta 1946 cuando redobló sus esfuerzos para lograr ser nominado para el escaño de gobernador por el estado de Wisconsin, como miembro del partido republicano. En aquellos días, McCarthy utilizó la demagogia y el engaño, acusando a su oponente, Robert M. La Follette, Jr., de no haberse alistado tras el bombardeo de Pearl Harbour, o de enriquecerse a costa de la contienda, omitiendo primero que La Follette tenía 46 años en 1941 –una edad que prácticamente le excluía de ser admitido a filas- o que, él mismo, al igual que su oponente, había invertido una buena suma de dinero mientras vestía el uniforme del cuerpo de Marines.

Lo curioso es que, después de lograr la nominación y derrotar a su oponente demócrata, “Tail-Gunner Joe”- sobrenombre que usaban los compañeros de armas de McCarthy durante la contienda- se convirtió en un político casi diríamos que ejemplar, con un talante moderado y que participó activamente en la reorganización de su país, tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, Joseph McCarthy nunca demostró un carácter abierto y, salvo con sus más directos colaboradores, no mantenía relaciones con el resto de sus colegas del Senado.

En esto, como en otras cosas, el senador republicano por Wisconsin guarda un marcado paralelismo con el celebérrimo Dr. Fredric Wertham, quien antes de comenzar su furibunda caza contra la industria del comic en general –y las series de terror y crímenes publicadas por E.C. Comics en particular- era un reputado psiquiatra, autor de varios tratados que luego fueron utilizados como textos de estudios en diversas instituciones médicas. Por añadidura, Wertham se significó, en la década de los cuarenta del pasado siglo XX, por tratar los problemas de la integración racial –organizó y abrió las puertas de la primera clínica psiquiátrica en el barrio de Harlem, mayoritariamente afroamericano- en una época donde hablar de derechos civiles era toda una quimera.

EL COMIENZO DE LA CRUZADA ANTI-COMUNISTA

Sea como fuere, la actitud moderada del senador por Wisconsin dio un giro radical el nueve de febrero del año 1950, día en el que Joseph McCarthy pronunció el discurso que lo convertiría en el azote de la amenaza comunista y en el martillo de herejes predilecto por los conservadores más rancios de su país. McCarthy supo escoger una fecha muy señalada dentro del partido republicano, el denominado “Lincoln Day”, y, de paso, se dirigió a un auditorio especialmente sensible ante cualquier tipo de amenaza, sobre todo aquella que pusiera en jaque su idílica “Forma de vida americana”; es decir, al club de mujeres republicanas de la ciudad de Wheeling, en el estado de West Virginia.

En este apartado Fredric Wertham se adelantó varios años al senador republicano, dado que su cruzada anti-cómic empezó con la publicación de artículos en revistas para un público mayoritariamente femenino, tales como Harpers Bazaar y Ladies´Home Journal, aparte de que aquellos trabajos que se publicaron en revistas de crítica literaria.

Durante aquel discurso Joseph McCarthy dijo muchas cosas, algunas de las cuales no paró de repetir durante un lustro, aunque hay algunas frases que asentaron las bases de toda su actuación posterior.
La razón por la que nos encontramos en esta posición de impotencia no es solo porque el enemigo ha enviado tropas a invadir nuestras costas… sino por las acciones traicioneras de aquellos que han sido tan bien tratados por esta nación.
Tengo en mi poder una lista de 205… una lista de nombres, miembros del Partido Comunista que prestan servicio en altos cargos del gobierno de los Estados Unidos de América… 

Griffith, Robert. The Politics of Fear: Joseph McCarthy and the Senate.
University of Massachusetts Press 1970

No es posible encontrar ninguna grabación original de aquel momento para poder escuchar la reacción de quienes asistieron a dicha reunión, pero no es exagerado decir que pocas veces en las historia contemporánea un solo discurso, de apenas dos páginas, supuso un ascenso tan fulgurante a quien lo había pronunciado. De la noche a la mañana, Joseph McCarthy se convirtió en la primera línea de defensa del mundo libre, una circunstancia que luego le sucedió al Dr. Wertham cuando publicó su libro “La Seducción del Inocente”, piedra angular sobre la que se sustentó la cacería emprendida contra el noveno arte.

Cierto es que McCarthy supo escoger muy bien el momento de pronunciar su discurso. Apenas dos semanas antes se había oído el veredicto que condenaba por perjurio a Alger Hiss, un relevante funcionario de las Naciones Unidas y del Departamento de Estado, muy cercano a la administración demócrata de Harry S. Truman. Hiss fue acusado de espiar para los soviéticos en 1948, durante la declaración de Whittaker Chambers, un ex-miembro del Partido Comunista que fue citado por la Comisión de Actividades Antiamericanas. Tras ser acusado, y durante los dos siguientes años, el caso de Hiss fue ganando cada vez más protagonismo mediático y gracias a él, el ambiente de desconfianza y sospecha generalizada sobre el gabinete del presidente Truman y la lealtad de sus integrantes, fue ganando adeptos.

Sea como fuere, el panorama político y social, tras las palabras del senador de Wisconsin, se radicalizó aún más de lo que ya estaba, dando alas a quienes pensaban que lo hacía falta era una regeneración interna y un regreso a los valores anteriores a la contienda bélica.
El problema vino cuando, casi al mismo tiempo, empezó a quedar claro que los argumentos esgrimidos por Joseph McCarthy y su círculo de colaboradores no eran tan sólidos como proclamaban, sino, más bien, todo lo contrario.

La historia documental nos cuenta que sólo dos días después del discurso pronunciado en Wheeling, Joseph McCarthy le envió un telegrama de seis páginas al Presidente Harry S. Truman en el que afirmaba tener una lista con los nombres de 57 miembros del Departamento de Estado que, o eran comunistas, o simpatizantes del Partido Comunista. El día 20 de ese mismo mes, McCarthy pronunció un discurso de seis horas en el Congreso en el que declaró conocer los nombres de 81 personas leales al Partido Comunista, que mantenían alguna relación con la actual administración estadounidense. Una vez que su denuncia fue investigada a fondo por un sub-comité de investigación del Senado, solamente diez personas fueron acusadas de colaborar y/ o espiar para el régimen comunista. Nota 3 

No obstante, las continuas contradicciones, tergiversaciones y torticeras acusaciones escupidas por el senador no fueron tenidas en cuenta por buena parte de la clase política y por amplios segmentos de la sociedad, quienes vieron en la figura de Joseph McCarthy su adalid para evitar que los cambios que inexorablemente sacudían a la civilización occidental de los años cincuenta llegaran a prosperar.
Esto mismo se le podría aplicar al Dr. Fredric Wertham quien, como luego se demostró, tergiversó, alteró y falseó sus datos empíricos para lograr que sus teorías tuvieran el sustento académico que necesitaba, para así poder validar su campaña anti-cómic frente a la sociedad del momento. 

Había llegado el momento en el que cualquier estrategia era buena para lograr capturar “los corazones y las mentes” de los norteamericanos -a imagen y semejanza del ministro de propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels- y controlar cualquier manifestación de progresismo y libre pensamiento, tal y como luego quedó reflejado en las actos de los distintos sub-comités del Senado, creados como consecuencia de la campaña desatada por Joseph McCarthy y sus correligionarios.
Tal y como es lógico pensar, no toda la sociedad norteamericana reaccionó de igual manera y hubo voces discordantes y personas que, con nombre y apellido, desafiaron a las hordas de inquisidores desatados tras las proclamas del senador republicano.

Una de esas voces fue la del galardonado dibujante satírico Herbert Block. Block dibujó una demoledora viñeta dedicada a los desmesurados excesos de Joseph McCarthy -además de apuntar la complicidad de buena parte del Partido Republicano para con el beligerante senador- viñeta que se publicó el 29 de marzo del año 1950 en el periódico Washington Post.

En dicha viñeta, en la cual aparecían retratados nombres tan sobresalientes en la arena política como Guy Gabrielson, Robert Taft o Henry Styles Bridges, un aterrorizado elefante republicano –el símbolo de dicho partido- veía cómo los miembros de dicho partido lo empujaban a sumarse a lo que Herbert Block denominó McCartismo, palabra que, luego, se utilizó como sinónimo de demagogia, calumnia y difamación sin aportar pruebas. Nota 4

Siguiendo la misma lógica de pensamiento, y dados los paralelismos entre la carrera de Joseph McCarthy y el Dr. Fredric Wertham, una palabra como Werthantismo bien podría ser sinónimo de la ya mencionada demagogia sumada, ésta, a la estrechez de miras, la intransigencia y pensamiento único y conservador del que hizo gala el psiquiatra de origen alemán.

Para colmo de males y sólo unos meses después del comienzo de la “caza de brujas moderna” desatada por Joseph McCarthy, las tropas norcoreanas invadían a su vecino del sur, un territorio bajo la tutela -por no decir abiertamente que era un protectorado- estadounidense. Aquella fue la excusa final y la gota que colmó el vaso de todos aquellos que pensaban que la administración norteamericana había perdido la iniciativa en su empeño por oponerse al expansionismo desatado por el líder soviético Joseph Stalin en aquella parte del mundo, sobre todo tras la derrota de Chiang Kai-Sheck, en la guerra que sacudió China, a manos del oponente comunista Mao Zedong.

La historia,  a la que tanto recurrimos, nos cuenta lo contrario de lo que argumentaba el senador McCarthy no sólo por los abusos cometidos por el megalómano líder de Corea del Sur, el Dr Syngman Rhee, sino por las continuas escaramuzas que se sucedieron desde las implantación de ambos regímenes. Tanto los norcoreanos, como los surcoreanos estaban dispuestos a usar la fuerza armada para derrotar al contrario. Una vez que se proclamaron los dos estados, por parte de los norcoreanos, empezó una actividad de guerrilla a gran escala con el solo propósito de desestabilizar el sur y acabar con el régimen. El sur no se quedó de brazos cruzados, también fue belicoso.

THE COLD WAR. AN INTERNATIONAL HISTORY 1947-1991 S.J.BALL
Arnold. A member of the Hodder Headline Group. London/ New York 1998


Sin embargo, el ardor guerrero desatado tras el desembarco de las fuerzas multinacionales de las Naciones Unidas en la bahía de Inchón, comandadas por el general Douglas MacArthur, el 15 de septiembre del año 1950, y la catarata de rumores sobre agente soviéticos infiltrados en los organismos de poder norteamericanos acallaron cualquier voz crítica para con la actitud beligerante y tendenciosa del senador por Wisconsin.  

Por ello, y al igual que sucedió en los juicios celebrados en el pueblo de Salem en 1692, a los acusados se les privó de sus más elementales derechos -entre ellos, la presunción de inocencia- y, para articular sus discursos, los miembros de la comisión se valieron de toda una suerte de argumentos trufados de mentiras, chismes malintencionados e insinuaciones sin fundamento. Nota 5

Debieron pasar cuatro años hasta que el periodista Edward R. Murrow desenmascara, de una vez por todas, al beligerante senador, quien, ya por esa época, empezaba a estar siendo cuestionado desde dentro de su propio partido y por la administración del presidente Dwight D. Eisenhower, sobre todo durante y después del llamado Army–McCarthy Hearings (abril-junio 1954).
Murrow, entonces presentador y responsable del programa televisivo See it Now, espacio emitido por Columbia Broadcasting Company (CBS-TV), no dudó en plantarle cara a quien él entendía que suponía más un peligro que un beneficio para el pueblo norteamericano.

El 9 de marzo del año 1954, en el programa titulado A Report on Senator Joseph R. McCarthy, Edward R. Murrow diseccionó las tretas, las bravatas y los excesos cometidos por el senador por Wisconsin y sus inquisidores comités de investigación, desde el día que pronunciara su famoso discurso en febrero del año 1950. Toda la retórica populista y torticera de Joseph McCarthy se estrelló contra la entereza y la objetividad de un periodista que puso contra las cuerdas a quienes muchos consideraban la última línea de defensa entre la amenaza comunista y el supuesto mundo libre.
Su alegato final no deja lugar a dudas, por mucho que el propio McCarthy se empeñara en decir lo contrario. 
La línea divisoria entre la investigación y la persecución es muy delgada y el joven senador de Wisconsin la ha cruzado una y otra vez. Su principal logro ha sido el de confundir a la opinión pública, entre las amenazas del comunismo. 

Siempre hemos de recordar que una acusación no es una prueba y que para la condena se requieren evidencias y el debido proceso judicial. No viviremos temiéndonos unos a otros. No dejaremos que el temor nos arrastre a una era de irracionalidad... No somos descendientes de hombres miedosos, de hombres que hayan temido escribir, hablar, asociarse y defender causas que en ese momento no eran populares. Ésta no es una época en la que quienes se oponen a los métodos del senador McCarthy deban guardar silencio. ...

Según lo proclamamos –y sin duda es verdad–, somos los defensores de la libertad en otros países, pero no podemos defender la libertad en el exterior si la abandonamos en nuestro país. Los actos del senador de Wisconsin han causado alarma y revuelo en nuestros aliados extranjeros, y han dado aliento a nuestros enemigos. ¿Y de quién es la culpa? En realidad no es suya. Él no ha creado este estado de temor, sólo lo ha explotado y con bastante éxito. Casio estaba en lo cierto: 'El fallo, querido Bruto, no está en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos. Buenas noches, y buena suerte.


ENTRA EN ESCENA EL DR. WERTHAM

Hasta aquí se pueden comparar las actuaciones inquisitoriales del senador Joseph McCarthy y el psiquiatra Fredric Wertham, dado que, al revés de lo que le sucedió al político elegido por el estado de Wisconsin, no hubo casi nadie que le sacara las vergüenzas –y las carencias- al buen doctor, dejando bien a las claras el inmovilismo, la estrechez de miras y las torticeras manipulaciones de las que éste se valió para descreditar -y casi diríamos que anular al noveno arte- por lo menos durante casi una década.

Lo que no se suele comentar es que, al igual que sucediera con Joseph McCarthy, el Dr. Wertham solamente fue una de las voces que más se oyeron durante el acoso al que se sometió a la industria del cómic, pero no fue la única, ni mucho menos. Los cómics como medio de expresión estaban en el punto de mira de quienes los veían como una basura impresa que alienaba a quienes los leían, especialmente aquellos que trabajaban en la publicación de literatura “seria”. 
Ya durante la Segunda Guerra Mundial fueron varios los críticos literarios que apuntaron el carácter violento y cargado de simbolismo fascista de muchos héroes gráficos–por aquello del superhombre acuñado por Friedrich Nietzsche y, luego, enarbolado por el Reich alemán- aunque sus diatribas cayeron pronto en saco roto, dada la actitud beligerante de los propios héroes gráficos contra el totalitarismo. Nota 6

Es más, tras el fin de las hostilidades, organizaciones conservadoras tales como the National Congress of Parents and Teachers, The American Legion, y the National Council of Juvenile Court Judges expresaron su preocupación ante los problemas que les podían acarrear a los jóvenes el leer cómics.

Paralelamente a estas declaraciones, críticos tan reputados como lo fuera John Mason Brown dejaron claro que los cómics debían no sólo ser controlados, sino erradicados como medio de expresión.
En marzo del 1948, y dentro del programa radiofónico America´s Town Meeting of the Air, Mason Brown expresó su postura frente a los cómics, teniendo como antagonista en dicho espacio radiofónico al dibujante de tiras de prensa Al Capp, creador de la incisiva y ciertamente satírica serie gráfica Li´l Abner, quien debió soportar, en solitario,  los embates del beligerante crítico.
 
Las palabras de John Mason Brown y Al Capp luego fueron recogidas en la revista Saturday Review of Literature, publicación en la que también colaboró activamente el Dr. Wertham. 
Entre sus diatribas más señaladas, destacaría los siguientes párrafos: Si odio a los cómics es porque tengo mis razones. Sé que todos necesitamos, de tanto en tanto, un poco de basura, pero los cómics no es que sean basura, sino la forma más dañina, perjudicial y sórdida de basura que existe. Por regla general, el vocabulario empleado es tan penoso como los dibujos que se ven, o el papel en el que se imprimen. Están pensados para lectores vagos, y alimentan tanto la falta de voluntad de éstos, como su propia incapacidad.
El poder de seducción, creo, yace en el hecho de que todo es fácil. En cuanto a mí respecta, los comics son la marihuana del pre-escolar, la ruina del moisés, el terror de la casa, la maldición de los niños y una amenaza para el futuro.

Mason Brown, John
Saturday Review of Literature, March 20, 1948 page 31 and 32

Ese mismo mes, y apenas dos semanas después del debate radiofónico entre Mason Brown y Al Capp, Fredric Wertham encabezaba un simposio sobre la Psicopatología de los Cómic Books, encuentro que le sirvió al buen doctor no sólo para rodearse de expertos que pensaban como él –tales como el crítico y folclorista Gershon Legman-, sino para ir preparando el terreno de su campaña en contra del lenguaje secuencial.

Ungido por la sabiduría de quien dice tener los conocimientos empíricos necesarios –además de no dejar que nadie lo cuestione- y arropado por quienes vieron en el doctor el ariete perfecto para acabar con una industria, la gráfica, que cada día ganaba adeptos en detrimento de la literatura más clásica y convencional, sólo era cuestión de tiempo hasta que las cosas llegaran a un punto sin retorno, a imagen y semejanza de lo que sucediera con Joseph McCarthy.

Y es que, en el fondo, el comportamiento torticero y paranoico que demostró buena parte de la sociedad americana ante éste y otros temas tiene mucho que ver con los convulsos cambios que sacudieron todo aquel territorio, desde el final de la contienda bélica y hasta prácticamente la década de los setenta. Peter Biskind, en su libro Seeing is Believing: How Hollywood Taught Us to Stop Worrying and Love the Fifties (New York: Pantheon Books, 1983) analiza las motivaciones de estos años, tomando como referencia la sensacional película de Don Siegel, Invasion of the Body Snatchers –toda una parábola de dicho momento histórico-, y dice lo siguiente:  la película no trata, realmente, de la amenaza del comunismo, sino, más bien, de la nostalgia de una comunidad tradicional ya perdida y la creación de una nueva, motivada por el punto de vista alarmista de la derecha.”

Está claro que estos cambios no eran exclusivos de los Estados Unidos de América, pero sí que es cierto que la reacción de buena parte de la sociedad de esa nación fue mucho más visceral que en la vieja Europa, tan sujeta a los mismos cambios sociales como en el nuevo continente y, afrontando, por añadidura, una reconstrucción tras finalizada la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, antes como ahora, las sociedades reaccionan de diferente manera ante los cambios y, en la mayoría de los casos, dichos cambios se identifican con una pérdida de valores, un miedo a lo desconocido y una inmejorable ocasión para desatar una alarma social que mantenga a los ciudadanos pendientes de un determinado suceso, pero ignorantes ante el resto.  Siempre se pone como ejemplo a las series de terror y crímenes publicadas por la editorial E.C Comics, cuando se quiere justificar y/o explicar la persecución a la que fue sometida por parte de tanto las autoridades, como los sectores más conservadores y una parte de la industria gráfica. Sin embargo, en sus series de suspense criminal –que no de crímenes, como argumentaba el Dr. Wertham -y en sus series bélicas, la bien pensante sociedad norteamericana salía muy, muy mal parada, algo que seguro que no debieron pasar por alto quienes luego se conjuraron para acabar con ella.

Es cierto que el aumento de la delincuencia juvenil llegó a ser un problema durante aquellos años –finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta del pasado siglo XX- una problemática que fue denunciad por el mismísimo y todopoderoso director del F.B.I. John Edgar Hoover. No obstante, este aumento de la delincuencia juvenil tenía mucho más que ver con las familias desestructuradas, los casos de abusos y las desigualdades económicas y sociales que padecían muchos jóvenes norteamericanos –amén de con patologías que nadie se tomó la molestia de diagnosticarles- que con el hecho de que estos mismos jóvenes leyeran cómics o no.

Según Fredric Wertham, sus estudios certificaban, “sin ningún género de dudas”, según sus propias palabras, que los cómics eran una de las principales causas que empujaban a los jóvenes a cometer algún tipo de delito, aunque no la única. El problema estribaba en que los cómics eran responsables, según el buen doctor, de un hecho incuestionable; es decir, por culpa de ellos, el lector habitual terminaba por confundir lo que estaba bien y lo que estaba mal, entrando en “en un dilema moral y ético de carácter general”. La consecuencia lógica, según la línea de pensamiento de Wertham, era que, por culpa de los cómics, el lector acabaría siendo arrastrado a la senda del delito o al tráfico de drogas, pudiendo llegar a ser, él mismo, un adicto.
Además, en las páginas de los cómic-books, los jóvenes encontraban todo tipo de información sobre cómo cometer un delito, utilizar un arma de cualquier tipo y la manera, si se diera el caso, de esconder un cadáver a los ojos de los demás, para que nadie sospechara de ellos.

Wertham tampoco se olvidaba de criticar al resto de los factores que también formaban parte de la sociedad, tales como los periódicos, la radio, el cine y, luego, la televisión, elementos que igualmente deberían ser controlados y censurados con tal de evitar que influyeran, de manera negativa, en la mente de los más jóvenes.

En el fondo, lo que pregonaba Wertham –aunque él siempre exclamara que estaba en contra de cualquier tipo de censura- era una sociedad “higiénica” en la que se controlaran todos los mensajes, fueran del tipo que fueran, a imagen y semejanza de la Alemania liderada por Adolf Hitler, la Rusia soviética bajo el mandato de Joseph Stalin, o la férrea censura que dominaba el territorio español durante la dictadura del general Franco.
Por ello, no es extraño constatar que pocos meses después de la irrupción de Fredric Wertham en el panorama social de la época, se empezaran a promover la quema de comic-books por parte de asociaciones de padres, colectivos religiosos y los propios Boy Scouts, fiel émulo de las hogueras llenas de libros prohibidos, las cuales iluminaban las concentraciones nacionalsocialistas durante los años treinta, del pasado siglo XX.

Fue el genial Will Eisner, figura capital dentro de la cultura contemporánea del siglo XX, quien durante esas primeros momentos de persecución se atrevió a denunciar las prácticas intimidatorias y fascistas desarrolladas por el psiquiatra de Nueva York para con los cómics, en una historia titulada The Deadly Comic Books, publicada el 27 de febrero del año 1949, apenas un año después del ya mencionado simposio.

Otras voces que se alzaron contra los sinsentidos y tergiversaciones del doctor fueron, por ejemplo, las del también doctor Frederic M. Thrasher, sociólogo y criminalista de la Universidad de Chicago, autor de los primeros estudios científicos sobre la problemática de las bandas en grandes ciudades y cómo abordar su prevención. Luego de mudarse a la ciudad de Nueva York, Thrasher se especializó en desarrollar métodos para prevenir la delincuencia juvenil, de una forma seria y rigurosa, y la posterior reinserción de dichos jóvenes en la sociedad.

En el mismo año en que Will Eisner dibujaba su historia gráfica, el doctor Thrasher escribió un duro alegato contra las teorías y la validez de los datos enarbolados por Fredric Wertham, el cual fue publicado en las páginas del Journal of Educational Sociology –y más tarde fue reproducido en las páginas del Congressional Digest Vol 33, issue 12, en diciembre del año 1954- nueve meses después de las sesiones el subcomité del Senado que dio carta de naturaleza al Comic Code Authority.

Estudiosos, expertos, siempre han tratado de explicar el comportamiento humano según sus propias especialidades. Esto es especialmente cierto en los ámbitos de delincuencia juvenil y delincuencia adulta, donde antropólogos, psiquiatras y sociólogos han sido culpables de una larga lista de intentos fallidos de atribuir crimen y delincuencia a una característica humana o condición medioambiental.
El error de este estilo más reciente viene de la mano del psiquiatra Fredric Wertham, quien argumenta que los cómics son un factor decisivo en cuanto a la creación de un delincuente juvenil se refiere. La visión pesimista y lúgubre que da Wertham acerca de la influencia de los cómics tiene más de legal que de científica, e ilustra un hábito peligroso; es decir, el de proyectar nuestras frustraciones sociales en un rasgo específico de nuestra cultura, para, a su vez, convertirlo en cabeza de turco, en vez de admitir nuestra incapacidad para controlar el gran espectro de la desestructuración social.   

La alarma desatada actualmente acerca de los efectos perniciosos de los cómics está basada nada más que en la opinión y las conjeturas de un número de psiquiatras, jueces y padres. Estos padres que se sienten agraviados por los cómics, o cuyos gustos adultos se sienten ofendidos por las historias que aparecen en los cómics y por cómo aparecen tratadas en este medio son el mismo tipo de padres que, en su día, se sentían ofendidos por los folletines y, más tarde, por las películas y la radio.    
Se puede analizar las conclusiones de Wertham y ver que, dado que los niños devoran los cómics y un gran componente de la “dieta” se basa en crímenes, violencia y sexo, puede que éstos estén estimulados para cometer actos delictivos. Sin embargo, las conclusiones de Wertham se desmoran puesto que carecen de rigor científico.

Wertham, por ejemplo, asevera que el contenido de los cómics es, prácticamente en su totalidad, crímenes, violencia, terror, “énfasis en aspectos sexuales” que “puede dar lugar a obsesiones eróticas de todo tipo” y “una mezcla sado-masoquista de placer y violencia.” No se incluye un inventario del contenido de los cómics en todo su estudio y, sin este inventario, todas estas conjeturas son tendenciosas y carentes de valor.   

Aunque Wertham ha argumentado que él y sus colegas han estudiado a miles de niños, tampoco ha presentado ningún resumen estadístico de sus investigaciones.
En conclusión, se puede decir que no se ha presentado prueba válida alguna por parte de Wertham, o por parte de otra persona, para aseverar que el leer cómics tiene, o no tiene, una relación significativa para con comportamientos delictivos. 
El peligro inherente de la polémica actual, donde un argumento legal reemplaza al rigor científico, es que, al nombrar a los cómics cabeza de turco, fallamos en afrontar y aceptar nuestra responsabilidad como padres. Nota 7

Si las mismas asociaciones que bendecían el trabajo de Wertham, antes y después de publicar su trabajo definitivo, el libro Seducción del Inocente (primavera del año 1954), hubiesen leído el artículo del doctor Frederic M. Thrasher, las cosas pudieran haber sido de otra forma, en especial porque el criminalista incidía en un tema –la responsabilidad de los padres para con la educación de sus hijos- el cual, el propio William M. Gaines, cabeza visible de la estigmatizada editorial EC Comics, o Al Capp recalcaron ante quienes pretendían acabar con los comic-books.

De todas formas, discursos tan cabales como el formulado por Thrasher poco podrían hacer frente al beligerante enconamiento dentro de la propia industria editorial. La falta de entendimiento y la exacerbada competencia entre las distintas editoriales que publicaban cómics -incapaces de ponerse de acuerdo para defenderse de las acusaciones vertidas contra los cómics que ellos mismos publicaban- además del sectarismo demostrado por algunos sectores del propio mundo gráfico, especialmente los dibujantes de tiras de prensa frente a quienes dibujaban comic-books, considerados por los primeros como “artistas de segunda categoría”, hicieron de la industria gráfica una víctima más que propiciatoria.   

La posterior redacción de un código –Comic Code Authority- que regulara todo aquello que NO se podía decir, NI dibujar, NI mostrar –a imagen del Motion Picture Production Code (MPPC) cinematográfico, adoptado en 1930- fue sólo una conclusión lógica tras una campaña que duró casi una década y que casi se salda con la destrucción total de la industria gráfica. Una industria que tardaría más de una década en volver a ser lo que había sido y que tuvo mucha culpa de todo lo que sucedió.

Solamente quedaba orquestar un tribunal inquisitorial, a imagen de los que, por esas mismas fechas, orquestaba el senador Joseph McCarthy y encontrar un hilo conductor –los cómics de terror y de crímenes- para darle carta de naturaleza a toda la charada posterior.

EDUCATIONAL COMICS, LUEGO ENTERTAINING COMICS

Antes de continuar hay que dejar claro que no solamente la editorial E.C. Comics publicaba cómics de terror y crímenes. Dado que este estudio toma como tema central, además de todo este periodo histórico, la singladura y el legado de ese sello editorial en particular, se hace referencia a sus colecciones y no a las del resto de la competencia.
Lo que sí está claro es que el sello E.C. Comics, primero Educational Comics y luego, tras la muerte de su fundador, Max C. Gaines, rebautizado como Entertaining Comics por su nuevo responsable, William M. Gaines, se parecía bien poco al resto de las editoriales de la competencia. Nota 8

En sus páginas y merced a los sobresalientes guiones del propio Gaines, Al Feldstein y Harvey Kurtzman, las desigualdades sociales y los abusos de los sectores más conservadores y retrógrados de la ideal y cinematográfica sociedad norteamericana se vieron reflejados en un medio de comunicación accesible, barato y tremendamente popular. Ni siquiera el glamour heroico y patriótico con el que las editoriales de la competencia trataban los conflictos bélicos, en este caso, la contienda librada en Corea, quedo indemne ante el ojo crítico e incisivo de Harvey Kurztman cuando guionizaba Two-Fisted Tales y Frontline Combat.  Aun así, no deja de tener gracia que todo esto viniera promovido por un futuro profesor de química, William M. Gaines, sin mayor experiencia previa e interés en el mundo de la edición –salvo la que venía dada por su progenitor – y quien abandonó sus estudios en el Instituto Politécnico de Brooklyn (Nueva York) tras la muerte de Max Gaines, cuando éste trataba de salvar la vida al hijo de un amigo suyo, durante un accidente marítimo en el lago Placid, Nueva York. 

Sea como fuere, el legado de Max C. Gaines siempre estuvo presente en la trayectoria de su hijo y no solamente por la relación paterno-filial, sino por la impronta del primero. No es descabellado afirmar que, sin Max C. Gaines y su capacidad para ver y entender las enormes posibilidades del lenguaje gráfico, las cosas no hubieran sido de la misma manera.

Max C. Gaines no es sólo responsable de trasladar las tiras de prensa a un formato mucho más compacto y seriado –Famous Funnies: A carnaval of Comics (Enero 1933)- sino que fue un paso más allá, al intervenir en el desarrollo de la editorial Detective Comics, Inc (DC) tal cual la conocemos hoy en día.
En primer lugar, fue Max C. Gaines quien, siguiendo las indicaciones de su editor, Sheldon Mayer, logró convencer a los ejecutivos de la editorial para que Superman llegara a ver la luz. Después, y gracias a su asociación con la editorial, personajes tales como Green Lantern (All American Comics); Flash (The Flash); Wonder Woman (Sensational Comics); o the Justice Society of America (All-Star Comics) llegaran al mercado, justo cuando la Edad de Oro de la industria estaba empezando. 

Ya por aquel entonces, y como se ha dicho anteriormente, se alzaron voces contra la pobreza literaria de los cómics y el daño que éstos le podían hacer a la considerada literatura seria.
No obstante, para Max C. Gaines, los cómics eran una inmejorable oportunidad para que los más pequeños de la casa se acercaran hasta la literatura y aprendieran y, por dicha razón, paralelamente a la publicación de títulos superheróicos, Max C. Gaines presentó Pictures from the Bible (octubre 1944), de marcado carácter religioso.

Tras abandonar DC, Max C. Gaines decidió montar su propia editorial –Educational Comics- y empezar la publicación de series educativas, tales como Pictures Stories from American History (1946), Pictures Stories from World History (1947) y Pictures Stories from Science (1947).

Quien mejor definió la trayectoria de un visionario como lo fuera Max C. Gaines fue su hijo, William, durante su declaración ante el subcomité del Senado que investigó la posible relación entre la delincuencia juvenil y los cómics, en abril de 1954.

Hace dos décadas mi difunto padre fue un elemento fundamental a la hora de crear la industria del cómic. Fue editor de los primeros números del primer cómic moderno, Famous Funnies, y estaba orgulloso de la industria que había ayudado a fundar, pues sabía que proporcionaba deleite a millones de personas.
Una industria que ha ayudado a miles de niños a pasar de las imágenes a la palabra escrita, que ha despertado su imaginación, que les ha dado una válvula de escape para problemas y frustraciones pero, sobre todo, que les ha proporcionado millones de horas de entretenimiento.
Mi padre estaba orgulloso, como lo estoy yo, de los comics que publicaba, y vio el potencial que tenían los cómics en el área de la educación visual. Mi padre fue un pionero.
A veces, es cierto, que se adelantó a su época, pues publicó Picture Stories from Science, Picture Stories from World History, y Picture Stories from American History.
También publicó Picture Stories from the Bible y, desde 1942, hemos vendido más de 5 millones de copias por todos los Estados Unidos de América. Es más, Picture Stories from the Bible es ampliamente conocido tanto en iglesias como escuelas para acercar la religión a los estudiantes y hacerla más real.
Picture Stories from the Bible se ha traducido, además, a varios idiomas, pero sigue siendo un cómic.


Ni que decir tiene que las palabras con las que William M. Gaines abrió su declaración voluntaria –pues el editor no fue convocado en primera instancia- ante el subcomité del Senado cayeron en el mismo saco que roto en las que cayeron aquellos que pretendieron iluminar una situación tan kafkiana como aquélla.

SUBCOMITÉ DEL SENADO PARA INVESTIGAR LA DELINCUENCIA JUVENIL

Los días 21 y 22 de abril del año 1954, THE SUBCOMMITTEE TO INVESTIGATE JUVENILE DELINQUENCY UNITED STATES SENATE empezaba sus sesiones, dirigido por el honorable senador Robert C. Hendrickson, con el senador Herbert J. Hannoch como Chief Counsel –luego sustituido por el senador Herbert Wilton Beaser- y los senadores Estes Kefauver, Thomas C.  Hennings, William Langer y Richard Clendenen, como Executive Director, los cuales completaban dicho subcomité.

Antes de comenzar, el senador Robert C. Hendrickson leyó una declaración de intenciones, la cual, aunque estaba llena de honestidad y buenos propósitos, tampoco pudo evitar una condena ya dictada de antemano.

El subcomité del Senado para investigar la delincuencia juvenil estará hoy y mañana tratando el problema de los cómics de terror y crímenes.
Las autoridades están de acuerdo en que la mayoría de los comic-books son tan peligrosos como lo puede ser una gaseosa, pero sí que es cierto que hay cientos de miles de cómics de terror y crímenes que se distribuyen a nuestros niños y jóvenes, en edades impresionables.
Quiero dejar bien claro que la libertad de prensa no está sobre el tapete en esta investigación. Los miembros de este subcomité del Senado –el senador Kefauver, el senador Hennings y el senador Langer- y yo mismo, como presidente, somos plenamente conscientes de la larga, dura y acérrima lucha para conseguir y preservar la libertad de prensa, así como otras libertades establecidas en nuestra Carta de Derechos, que tanto apreciamos en los Estados Unidos de América.
Este subcomité no está compuesto por censores y no tenemos ideas preconcebidas acerca de la posible necesidad de una nueva legislación. Lo que queremos es esclarecer el peligro, si es que lo hay, al que se exponen nuestros jóvenes por tener en sus manos unas publicaciones que contienen una cantidad considerable de sadismo, crímenes y terror. 


Luego de comenzar las sesiones, a lo largo de los dos primeros días de sesión, desfilaron por delante del subcomité una veintena de testigos y se exhibieron medio centenar de pruebas, a favor y en contra de las tesis defendidas y/o argumentadas por los testigos.

DECLARACIONES

No pretendo comentar todas y cada una de las declaraciones, primero, porque sería un trabajo ímprobo y, segundo, porque nos desviaría del verdadero propósito de este estudio. Sólo quisiera centrarme en algunos momentos que merece la pena analizar.

Por ejemplo, quien puso contra las cuerdas a todos los miembros del subcomité no fue William M. Gaines, sino William K. Friedman, abogado y editor de Nueva York.
Friedman logró acorralar y desmontar las tesis de los senadores Robert C. Hendrickson y Herbert Wilton Beaser, obligando al primero, a cargo del subcomité, a exclamar, tras Friedman poner encima de la mesa la libertad de prensa y el tema de la censura, “ Este subcomité entiende que es un problema. No sabemos cómo responder a ese problema, pero es, ciertamente, un problema.”

Fredric Wertham no varió su discurso sino que lo radicalizó aún más, llegando a proclamar, ante un atónito auditorio, tras la siguiente interpelación de senador Estes Kefauver, lo que se puede leer a continuación.  

Senador KEFAUVER: ¿Está comparando esta situación, el hecho de mostrar lo mismo una y otra vez hasta que al final sea creíble, con lo que escuchamos acerca de la teoría de Hitler, de la última guerra?  

Senador HENDRICKSON: ¿La técnica de “La Gran Mentira”?

Dr. WERTHAM: Odio tener que decir esto, senador, pero creo que Hitler era un principiante en comparación a la industria del cómic. Ellos captan a los niños mucho más jóvenes. Les enseñan odio racial a los 4 años, antes de que sepan leer.

Después, el buen doctor adornó su declaración con algunos ejemplos, ejemplos que William M. Gaines desmintió en su declaración y ejemplos que, igualmente, son rebatidos por la profesora Carol L. Tilley, quien demuestra que, en muchos de los casos, sólo fueron oportunas invenciones del psiquiatra para apostillar sus declaraciones.

Quienes tampoco se quedaron atrás en descalificar los comic-books, dejando bien claro, además de su servilismo para con quienes mandan, que ellos eran unos “artistas serios”, los cuales NUNCA permitirían que en un gremio como el suyo -el de los dibujantes de tiras de prensa-, se colaran artistas de segunda categoría como Jack Davis, Wally Wood, John Severin, Johnny Craig o el propio Harvey Kurtzman, fueron Walt Kelly -creador del lagarto Pogo-, Milton Caniff, responsable de Terry and the Pirates y Steve Canyon.

Como muestra, valga este pequeño extracto siguiente: 
Senador KEFAUVER: Me pregunto, señores Kelly y Caniff, pues sé que pensáis que no son una buena influencia para los niños algunos de estos cómics de terror que estamos viendo y que ninguno de nosotros aprecia. ¿Cómo se llega a producir esto?

Walt KELLY: No lo sé. No tengo ni la más remota idea, señor. En cuanto a mí respecta, considero que hay que educar a la gente para que no le guste este tipo de cosas o, para que al menos, no se lleven a cabo.

Senador KEFAUVER: ¿Quiénes son los autores de estos dibujos? ¿Son miembros de su gremio?

Walt KELLY: Si lo son están actuando bajo nombres falsos y dibujando con un estilo muy pobre. Realmente los dibujos son bastante malos.

Después de dicha respuesta, el senador Kafauver le enseñó a Walt Kelly un dibujo de Johnny Craig y otro de Jack Davis, y el creador de Pogo afirmó que no sabía quiénes eran, sin tan siquiera pararse a pensar.
La actitud de Kelly es digna de reseñar, porque tan sólo unos años antes, su colega de profesión y amigo Al Capp fue víctima del mismo tratamiento inquisitorial que ahora Walt Kelly parecía bendecir, aunque ya sabe quién abandona antes el barco si éste zozobra…

Dejo para el final la declaración de William M. Gaines –testigo voluntario, pero “hostil”, según el propio comité”-la cual merecía la pena reproducir en su totalidad, dada la lucidez, claridad e impecable organización de ideas que mostró el máximo responsable de Entertaining Comics frente al subcomité del senado.
La transcripción total de su declaración ocupa 22 páginas, de las cual he decidido extraer los siguientes párrafos, los cuales resumen su punto de vista ante el tema de debate en cuestión.

Los niños americanos son en su gran mayoría niños normales, niños inteligentes. ¿De qué tenemos miedo? ¿Acaso tenemos miedo de nuestros propios niños? ¿Nos hemos olvidado de que ellos, como ciudadanos que son, también tienen derecho a elegir lo que quieren leer o hacer? ¿Acaso creemos que nuestros niños son de mentes tan simples que, con leer o ver una historia de asesinato ya van a matar a alguien, o que al exponerlos a una trama de robos los hacemos ir a robar algo?

Cualquiera, ya sea niño o adulto, puede encontrar descripciones mucho más extremas de violencia en los periódicos que se publican a diario. Es más, hay una cantidad ingente de ejemplos en el periódico de hoy, en la edición del Daily News de hoy, por ejemplo, que tiene muchos, muchos más lectores que ningún cómic.
En los Estados Unidos de América se imprimen noticias relacionadas con crímenes y no pensamos que deberían ser prohibidas o que ninguna noticia debería no ser divulgada porque sea perniciosa para los niños.
 (William M. Gaines aprovechó para leer una docena de dichos ejemplos, los cuales formaban parte de los periódicos publicados el mismo día de su declaración)

Una vez que se empieza a censurar hay que censurarlo todo. Hay que censurar los cómics, la radio, la televisión y los periódicos. Luego hay que censurar lo que diga la población. El resultado de toda esta censura es que el país se habría convertido en España o Rusia.   

William M. Gaines también jugó con el concepto de la histeria desatada por Joseph McCarthy y su cruzada anticomunista, y la inserta en el contexto del mundo gráfico, demostrando las contradicciones que rodearon a éste y a otros tantos comités y subcomités del Senado norteamericano, empeñados en juzgar, a costa de sobrepasar los límites de la legalidad, la cordura y el sentido común.    

Senador HANNOCH: ¿Sabe algo de esta página titulada “¿Eres un papanata comunista?”

William M. GAINES: Sí, señor, la escribí yo mismo.

Senador HANNOCH: ¿Y era un anuncio publicitario?

William M. GAINES: No, no es un anuncio publicitario. Es un editorial.

Senador HANNOCH: ¿Un editorial que dice que cualquiera que esté ansioso por destruir los cómics es comunista?

William M. GAINES: No creo que diga eso.

Senador HANNOCH: ¿El grupo más ansioso por destruir los cómics son los comunistas?

William M. GAINES: Cierto, pero no cualquiera, tan solo el grupo más ansioso.


Así mismo demuestra una afirmación que se hizo al principio de este estudio, en relación a cómo un ambiente tan viciado y radicalizado como el que se vivió durante estos años empujó a personas de talante liberal y progresista a transformase en aquellos que había sido el blanco de sus críticas, sólo unos años antes.
Baste citar el caso del senador Thomas C. Hennings, una de las voces demócratas que más se opuso a los abusos del senador Joseph McCarthy, enfrentándose a su belicoso oponente, antes siquiera de que la clase política y buena parte de la ciudadanía se diera cuenta del peligro que entrañaban las tácticas del senador por Wisconsin.

El otro ejemplo que merece la pena ser tomado en consideración y analizado en su justa medida es el del comportamiento del senador Estes Kefauver, considerado por muchos tan responsable del final de Entertaining Comics como lo fuera el Dr. Fredric Wertham.
Si se atiende con atención a la biografía del político de Tenessee, Estes Kefauver fue, en muchos aspectos, uno de los políticos más progresistas y combativos de aquellos convulsos años. Su militancia y forma de afrontar la realidad del país le llevó a ser tachado de “comunista con el sigilo de un mapache” por sus adversarios políticos, una afirmación que hizo que Kefauver adoptara la imagen del mencionado animal como símbolo propio.

En cuanto a temas raciales, su postura fue ambivalente, sobre todo porque la integración racial estaba lejos de ser una realidad. No obstante, su postura para con los derechos de los afroamericanos quedó bien clara cuando, en 1956, se negó a firmar –al igual que hiciera Al Gore Sr. y Lyndon B. Johnson- el llamado Southern Manifiesto, un documento firmado por los representantes políticos de los estados sureños, en su mayoría demócratas como Kefauver, pidiendo que se impidiera la plena integración racial en esos estados.
Si ello le sumamos que Estes Kefauver fue el responsable de una de las primeras investigaciones contra el crimen organizado en los Estados Unidos de América, además de perseguir los abusos de las grandes compañías farmacéuticas cuesta creer que, luego, se sumara a una charada como la que acabamos de describir.

Entre las explicaciones que se pueden tratar de encontrar, una vez leída toda la documentación, incluyendo las 45 páginas escritas por el senador, a modo de conclusión final es que Kefauver veía o entendía que existía un nexo de unión entre el crimen, con mayúsculas, y la industria del cómic, sobre todo en aquellas editoriales que publicaban cómics de crímenes.  De ahí que el senador le preguntara hasta tres veces a Williams M. Gaines cuánto dinero ganaba al año con su empresa y en qué lo invertía.  Sé que suena ridículo y extremo, pero según la lógica del momento, dicho nexo de unión podía ser plausible.
Otra cosa es que sus gustos no soportaran cómics como los de terror, al igual que las revistas con fotos de Pin-ups como Betty Page, pero no hay que olvidar el momento histórico en que nos estamos moviendo.  Y, por último, estaban las ambiciones políticas de Estes Kafauver y su deseo de ser nominado como candidato a la Casa Blanca, algo que intentó por dos veces y nunca logró. 

Sin querer defender su postura, baste citar un ejemplo para desmarcar a Kefauver de la estela de un ser mucho más radicalizado e intransigente como lo fue Fredric Wertham. Lo siguiente es el comentario del Dr. Wertham, escrito en la página 257 del libro Seduction of the Innocent,  tras la lectura del relato “Combat Medic”, una de las mejores historias bélicas, escrita por Harvey Kurtzman –y dibujada por Jack Davis- publicada en el número cuatro de la serie Fronline Combat (páginas 5, viñeta 7, febrero 1954).
La historia tiene que ver con los desesperados intentos de un médico de campaña por salvar la vida de un fusilero inglés de Northumberland, herido en el vientre, en medio del terrible escenario bélico coreano.

A veces el título de la publicación del comic-book y su contenido muestra una incoherencia que raya en lo absurdo. Por ejemplo, uno de la cosecha de 1952 tiene en la primera página un dibujo horripilante de un hombre al que han disparado en la barriga, con cara de sufrimiento y un diálogo en el que se lee “¡Sabes tan bien como yo que si bebe agua le saldrá por los tripas! ¡Sería un ASESINATO!” El título de la publicación: Tiny Tots Comics, Inc.
SeductionOfTheInnocent.org

Este párrafo demuestra, sin ningún género de dudas, de la enorme estrechez de miras y la falta de sentido crítico del buen doctor para con el lenguaje gráfico, fuera del género que fuera y estuviera escrito y dibujado por quien estuviera dibujado.

A tenor de lo visto al Dr. Wertham le hubiera dado igual que esta historia estuviera dibujada por Leonardo Da Vinci y escrita por William Shakespeare, porque en su mente el lenguaje secuencial no era un soporte válido y debía ser erradicado como medio de expresión. Una serie como esta merecía una lectura mucho más amplia y contextualizada en el momento de su publicación, al igual que la otra serie bélica de la editorial, Two-Fisted Tales, pero, a los ojos del psiquiatra, todo el trabajo de sus creadores era una cuestión baladí.

Ni siquiera con la redacción del Comic Code Authority, Fredric Wertham se quedó contento, tal y como expresó, en el año 1955, en un artículo titulado “It´s still Murder”, publicado en las páginas del Saturday Review del mes de abril.  Para él, el Code sólo había paliado, en parte, el problema, pero mientras el lenguaje gráfico existiera, allí estaría el Dr. Wertham como última línea de defensa.  El cierre de Entertaining Comics no fue suficiente. Nota 9 

En las décadas siguientes y merced a las propias contradicciones del Comics Code, y a desplantes tan sonados como el protagonizado por Stan Lee -a causa de la negativa del órgano censor a la hora de autorizar los números de Amazing Spider-man# 96-98, más conocidos como “La trilogía de las drogas”, historia que si se llegó a publicar , con un éxito tremendo- supusieron todo un descrédito para el organismo censor,  y la voz del doctor y algunos con su misma mentalidad, quedaron tapadas casi por completo.

El tiempo, juez implacable, demostró quién estaba equivocado y quién no, colocando a cada cual en el lugar que, de verdad, le corresponde y despejando las dudas que aún pudiera haber sobre la validez del lenguaje secuencial como herramienta de comunicación, formación y entretenimiento.

Por otra parte, con el paso de los años, las nuevas generaciones han ido devolviendo el trabajo de William M. Gaines, Al Feldstein, Harvey Kurtzman y el resto de artistas que trabajaron en la editorial E.C. al lugar de privilegio reservado para aquellos que marcaron un momento capital dentro de la cultura contemporánea del pasado siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI.

Lo que ahora toca es analizar cada uno de los géneros que dicha editorial abordó y cuáles fueron las motivaciones estilísticas y argumentales desarrolladas por sus responsables, teniendo muy en cuenta, eso sí, el espíritu de la editorial y su máximo responsable, William M. Gaines.

LAS SERIES BÉLICAS DE LA EDITORIAL ENTERTAINING COMICS

Si han llegado hasta este epígrafe, deduzco que habrán leído la guerra mediática y social que debió librar –y perder- la editorial fundada por Max Gaines y luego liderada por su hijo, William.

Paralelamente a dicha guerra, la editorial abordó el tema bélico y sus efectos en las personas que combaten en ellas, de una forma nunca vista hasta ese mismo momento, salvo en contadas ocasiones.
El principal responsable de una aproximación tan acertada, pero difícil de digerir por buena parte de los lectores, fue Harvey Kurtzman, uno de los autores más completos, geniales e influyentes dentro de la historia del noveno arte contemporáneo.

Harvey Kurtman aterrizó en las oficinas de Entertaining Comics, en 1949, después de haber trabajado en otras editoriales de la competencia, entre ellas Timely Comics, dibujando la cabecera Hey Look!, bajo la tutela de un joven y desconocido editor llamado Stan Lee.

En un principio, William M. Gaines y Al Feldstein le asignaron trabajar en los títulos que estaban catapultando las ventas de la editorial –los de terror y ciencia ficción- géneros que no eran precisamente del agrado del artista, pero que divertían a los responsable de la editorial y pagaban los salarios.

Tras sus primeros trabajos, Kurtzman se decidió a plantearle a Gaines y Feldstein una nueva línea de actuación, más de acorde con sus gustos, y que, de paso, le diera la oportunidad de escribir historias de aventuras y conflictos bélicos. Y si bien ninguno de los responsables de la editorial estaba del todo convencido, el talento de Kurtzman, y el interés empresarial por probar nuevas fórmulas, permitieron que la nueva serie, Two-Fisted Tales, llegara al mercado en los meses finales del año 1950.

Las dos primeras entregas son una suma de aventuras gráficas clásicas, sin mayores pretensiones que las de entretener, aunque el guionista y dibujante no pierde la oportunidad de denunciar los excesos, la codicia y el sinsentido que rodea a cualquier conflicto bélico.

Nada más comenzar el tercer número, la situación cambia y los guiones de Kurtzman, secundados por el talento de John Severin, Billy Elder, Wally Wood, Jack Davis, Johnny Craig, Alex Toth o el propio Kurtzman, nos trasladan hasta un escenario bélico tal cual es, no tal cual lo pintaba el mundo editorial durante la Segunda Guerra Mundial.  Dichas series gráficas, al igual que la mayoría de las películas rodadas durante el primer lustro de la década de los años cuarenta del pasado siglo XX, respondían a unas señas de identidad dictadas por el ejército americano. El propietario de la empresa canadiense The BeguilingBooks and Art comentaba en la web  adastracomix lo siguiente: 
En cuanto a las restricciones dentro de la industria del cine de Hollywood –compañera de cama del gobierno estadounidense y del ejército en los años 40 y 50- eran tan restringidas gráfica y estilísticamente hablando, que las películas estaban circunscritas a 6 temas predeterminados; es decir, las fuerzas armadas, el enemigo, los aliados, el frente de producción, la situación en los Estados Unidos de América, y las cuestiones claves. Por supuesto, mostrar víctimas civiles, el punto de vista del enemigo o, tan siquiera, sangre estaba fuera de toda discusión…   

Tras la contienda, muchas de esas mismas colecciones y personajes quedaron en desuso, pero, con el estallido de la Guerra de Corea, el fervor guerrero volvió a brillar en el horizonte y se volvió a repetir la fórmula.
De nuevo, las historias publicadas por la competencia, glorificaban la labor de las tropas de las Naciones Unidas, enviadas hasta la lejana Corea para impedir que la amenaza del comunismo “atrapara” a la parte sur del país asiático, territorio bajo la influencia de los Estados Unidos de América.

En realidad, la contienda era una suerte de laboratorio de pruebas para demostrarles a los soviéticos el poder de los Estados Unidos de América, pero nada de eso se podía, o se debía contar.   
Harvey Kurtzman pensaba que todo lo que vertían los medios de comunicación no era verdad y, por ello, se empeñó en contar las contiendas de otra forma bien distinta.

Una vez que estalló la Guerra de Corea fue normal el que me volcara en esa temática, pero al ponerme a realizar un cómic acerca de la misma, me encontré con una disyuntiva. Lo que yo quería contar era algo que era muy importante para mí y lo que más me importaba era no decir nada que glamuroso acerca de la contienda. Todo lo que había salido de imprenta anterior a Two Fisted Tales había dado una pátina de glamur a la guerra, pero nadie había tocado los aspectos depresivos de una confrontación bélica y esto, según mi criterio, era hacer un flaco favor a los niños.

Two Fisted Tales, Harvey Kurtzmann and the Birth of the Anti-war Comic

El estallido de la Guerra de Corea propició, además, que William M. Gaines decidiera lanzar una nueva serie bélica, Frontline Combat (julio-agosto 1951), serie que igualmente recayó sobre los hombros de un Harvey Kurtzman quien, para entonces, ya había logrado impregnar Two-Fisted Tales de un estilo nunca antes visto.
Sus historias estaban documentadas y eran históricamente correctas, contaban con personajes realistas y diálogos con una intención clara, pero, sobre todo, y lo más importante, es que sus historias mostraban sangre, coraje, muerte, destrucción, víctimas civiles y gente que perdía partes de su cuerpo y, también, su mente. Mostró todo aquello que se supone no tiene que ocurrir, pero que siempre ocurre en una guerra. En pocas palabras, mostró eso de “Esta guerra es un infierno.”

Two Fisted Tales, Harvey Kurtzmann and the Birth of the Anti-war Comic

Sin embargo y contrariamente a lo que se ha llegado a comentar sobre el trabajo de Harvey Kurztman, sus historias no son en contra del ejército –aunque sí en contra de la guerra- de manera intencionada, sino que lo acaban siendo, porque al mostrar la realidad de un conflicto bélico, el lector, salvo en contadas ocasiones, acaba por sentir un rechazo visceral ante lo que está viendo.

El empeño del guionista estribaba en encontrar un equilibro entre aquello que no le gustaba, la guerra que se libraba en Corea y ser capaz de contarlo teniendo muy presentes a quienes luchaban y morían en los campos y las colinas coreanas; es decir, veteranos de la contienda mundial y jóvenes recién alistados. 
Para lograrlo, su mejor arma era la documentación, cuanto más exhaustiva y completa, mejor, gracias a la cual, sus historias se mostraban muy alejadas de los reportajes oficiales y más cercanas a las cartas que recibían las familias de los soldados movilizados en Corea, cartas a las que también pudo acceder el guionista.
Sus largas y extenuantes jornadas de estudio, en la biblioteca central de la ciudad de Nueva York, pasaron a ocupar buena parte de su tiempo, un empeño que, por el contrario, le impidió ver recompensado su talento de la misma forma que Al Feldstein, quien lograba guionizar hasta siete series mensuales, frente a las dos que escribía Kurtzman.

En cuanto a su estilo, sus narraciones pretenden ser un fresco, real y detallado, de un determinado momento histórico para deleite de los lectores y desesperación de muchos dibujantes, que se veían sobrepasados por las exigencias del guionista.

Su punto de partida era la observación del escenario y luego detenerse en un determinado personaje, de forma individual, aunque, más tarde, la acción se volviera global. A ojos de Kurtzman, la guerra la libraban los soldados, no las máquinas, y era en ellos en quien debía centrarse toda la acción, o la desesperación, dependiendo del caso. 
Los soldados que aparecen retratados son reales. Sus vivencias, sus miedos, sus inseguridades y sus preguntas son las de un combatiente de carne y hueso, tridimensional, y no las de un héroe monolítico, plano y sin mayores dobleces. 
Por añadidura, su preocupación por retratar a los combatientes que pelearon en Corea contrasta con la postura oficial y la reacción de buena parte de la sociedad, la cual dio de lado a quienes regresaban del frente, una razón que explica por qué a dicha contienda se la conoce como “The Forgotten War”, la guerra olvidada.

En cuanto a su forma de escribir –y de dibujar-, ésta es directa, intensa, cargada de simbolismo y evita cualquier sentimentalismo decimonónico que no desnudara la barbarie y la irracionalidad de todas las contiendas bélicas. Según el propio Kurtzman, lograrlo era toda una tortura, dado que encontrar el ritmo y la simplicidad que lograra contar un determinado suceso, en apenas seis o siete páginas –espacio habitual de las historias publicadas por E.C. Comics- suponía un reto que acabó por agotar al escritor y editor.

Por añadidura, poder contar con los artistas anteriormente citados, apuntaló y elevó la calidad de sus guiones hasta convertir ambas colecciones gráficas en un libro de historia secuencial. 
Es más, los números 31 y 35 de Two-Fisted Tales, y la novena entrega de Frontline Combat, formaron parte de un proyecto inconcluso para contar en 196 páginas la historia de la Guerra Civil norteamerica, un proyecto que Harvey Kurtzman desarrolló junto con el historiador Fletcher Pratt.
Una pretensión como ésa, en un momento en el que se estaba cuestionando la supervivencia del medio, sumada al tono desafiante y contestatario –contrario a la historia oficial sobre el desarrollo de la contienda coreana- no pasó desapercibida por quienes, de una forma o de otra, luego orquestaron el linchamiento al que fue sometida la editorial de William M. Gaines.

Relatos tales como Kill! (TFT# 23); Hill 208! (TFT# 24); Corpse on the Imjin! (TFT# 25);  Jeep! (TFT# 27); Custer´s last Stand! (TFT# 27); Combat Medic! (FLC# 4); Air Burst! (FLC# 4) o Big If! (FLC# 5) NO debieron ser del agrado de los responsables de información del ejército, que tampoco comulgaron con las pretensiones del periodista Edward R. Murrow a la hora de sacar a la luz pública el torticero comportamiento del ejército norteamericano para con el teniente de las fuerzas aéreas, Milo Radulovich, eslavo de ascendencia, pero nacido y criado en los Estados Unidos de América.

No hay pruebas documentales que certifiquen esta teoría, pero el boicot al que por parte del ejército de los Estados Unidos de América y la Legión Estadounidense –organización de veteranos de guerra estadounidense- fuera sometida la serie Blazing Combat, publicada por la editorial Warren, durante los primeros instantes (1965-1966) de la nunca declarada Guerra del Vietnam, me dan pie a pensar que si esto pasó en aquel momento, también ocurrió entonces, aunque luego se recurriera a las series de terror y crímenes para lograr amordazar a la editorial Entertaining Comics. 

Quienes tampoco se quedaron callados fueron William M. Gaines y Al Feldstein, autores de los guiones que desnudan el patriotismo rancio y visceral, el cual antepone los símbolos y los emblemas a la realidad y el sufrimiento de las personas. The Patriot!, publicada en el Shock Suspenstories# 2 (1952) es una inmejorable muestra de cómo ese “patriotismo” puede ser criminal y cobarde.
In Gratitude…(Shock Suspenstories# 11, 1953) reúne el drama de quienes regresaban a casa tras haber prestado servicio en una guerra, con el racismo, la doble moral y la hipocresía que dominaba la sociedad norteamericana de aquellos años.
 
Al final, Kurtzman, tras unos años de frenética entrega, abandonó Two-Fisted Tales. La responsabilidad de los guiones recayó sobre los hombros de Jerry de Fuccio, John Putnam, George Evans, Colin Dawkins y John Severin. Estos dos últimos asumieron las labores de un equipo fijo que definió el nuevo tono, mucho más aventurero y correcto que el empleado por Harvey Kurtzman, hasta el cierre de la colección en su número 41 (febrero-marzo 1954). Nota 10

Por su parte, Fronline Combat, cerró en su entrega número quince (enero de 1954), cierre que estuvo motivado no solamente por el agotamiento y los problemas físicos del guionista, sino por la falta de interés de un público que volvió a mirada hacia otro tipo de historias, en especial aquellas protagonizadas por aventureros/ espías, los cuales luchaban contra organizaciones y elementos criminales de todo tipo y condición.

Una vez que William M. Gaines anunció, en septiembre del año 1954, que dejaba de publicar los cómics de terror y suspense criminal, la editorial comenzó lo que se llamó la New Direction, un tiempo prestado que permitió a los dibujantes y guionistas de la casa encontrar otro trabajo antes de que E.C. Comics cerrara.

De las series que se publicaban anteriormente, sólo en Impact y Ace High se mantuvo vivo el espíritu con el que Harvey Kurtzman impregnó sus series bélicas. Si en Ace High destacaron las historias ambientadas en la Primera Guerra Mundial, la “Gran Guerra”, magníficamente dibujadas por George Evans –quien mejor ha dibujado un biplano o un triplano en la larga historia del noveno arte, eso sí, con permiso del maestro Joe Kubert- y de un no menos brillante Jack Davis, contando con los guiones de Carl Wessler, en Impact la cosa fue todavía aún mejor.

En el primer número de la nueva serie, Al Feldstein escribió el guión de Master Race, una “impactante y sobrecogedora” historia protagonizada por un antiguo guardián de un campo de exterminio nazi y unas de sus víctimas, las cuales se encuentran en el metro de una ciudad americana cualquiera años después del final de la guerra. Narrada de una forma increíble, la cual explota los límites del lenguaje secuencial hasta el extremo, su dibujante, Bernie Krigstein, rompió con los cánones impuestos por el guionista y remontó las páginas hasta que se adaptaron a sus necesidades estilísticas.
Master Race se merecería, por si sola, una exposición que desgranara todas y cada una de sus virtudes, pero, al no poder hacerlo, es el mejor broche final para terminar de hablar de los cómics bélicos y aquellos que guardaban relación con un conflicto de dichas características.

¿Y qué paso con Harvery Kurtzman, tras abandonar las series en la que trabajaba?... Pues muy sencillo. Dos años antes de su abandono, William M. Gaines decidió publicar un cómic satírico, cabecera que le daba la oportunidad a Harvey Kurtzman de desarrollar su ácido y paródico sentido de humor, además de ganar un sobresueldo.

De esta forma nació MAD (octubre-noviembre 19529) y luego de llegar al mercado, el mundo pasó a ser un disparate continuo, gobernado por una panda de “idiotas” y liderado por el sin par Alfred E. Neumann, sin remisión de causa posible.

En su número 23, MAD abandona el formato cómic para transformarse en una revista -la cual no debía pasar por el ojo censor del Comic Code- y que, tras el cierre de la editorial, pasó a ser el legado de William M. Gaines, Al Feldstein, Harvey Kurtzman y el resto de los artistas que trabajaron en la editorial, muchos de los cuales siguieron trabajando en MAD durante bastantes años más, y ayudó a que su impronta se mantuviera viva y presente para que las nuevas generaciones descubriéramos, un día, el nombre de una editorial increíble, llamada ENTERTAINING COMICS.

Logotipo E.C. © 2013 William M. Gaines, agent. All right reserved 

NOTAS:

1.        1. George Orwell escribió, en octubre del año 1945, un artículo publicado en el periódico londinense The Tribune, titulado You and the Atomic Bomb, dos meses después de los bombardeos de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagazaki. En dicho artículo, el escritor británico hace un acertado análisis de cómo será el mundo tras el final de la Segunda Guerra Mundial y la irrupción, en el tablero de juego, de la Bomba Atómica. 
Además, Orwell utiliza, por primera vez, el término “Guerra Fría”, calificativo que será luego utilizado durante más de cuarenta años para referirse a las relaciones entre los dos boques antagónicos resultantes tras el final de la guerra.

2.       2.  No obstante, resulta curioso constatar que, mientras el miedo atómico se articulaba convenientemente para “atemorizar” y condicionar al bloque soviético y a buena parte de la población mundial, el gobierno norteamericano establecía una férrea censura en todo lo concerniente a las imágenes que se obtuvieron tras los bombardeos de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Tuvieron que pasar 75 años –junio del año 2011- hasta que muchas de esas fotos llegaran a ver la luz pública. 

3.        3. En el guión de la película The Manchurian Candidate se incluye una secuencia que satiriza todo este baile de cifras, sátira propia de una revista como MAD, propiedad de E.C. Comics. La secuencia se desarrolla en casa del senador Iselin, quien, entre la imagen de Abraham Lincoln y su dominante esposa, trata de parecer menos idiota de lo que en realidad es.
El senador Iselin, un hombre sin carácter, se queja a su mujer acerca de la situación en la que está metido. “Es que, con la de veces que me cambias los números, ya no sé ni lo que digo. Parezco un idiota.” Ella baja el periódico y le pregunta “¿Te sería más fácil si escogiéramos un solo número?”
Mientras él se pone kétchup Heinz (el que se conoce por el sobrenombre 57 variedades) encima de su bistec, ella decide arbitrariamente en el número exacto de miembros del Partido Comunista para el próximo discurso del senador. En la toma siguiente asistimos al discurso del senador Iselin, en donde acusa a 57 personas de ser miembros del Partido Comunista

4.        4. American Heritage Dictionary (2000) define "McCarthyism" como "la práctica de acusar públicamente deslealtad política o subversión sin pruebas suficientes” y “el uso de métodos de investigación o acusación injustos para aplastar oposición”.

5.        5. Los juicios celebrados en Salem quedaron inmortalizados por la mano de Arthur Miller, en su obra “The Crucible”, una desgarradora dramatización de aquellos eventos que sacudieron a la mencionada población.

6.       6.  Stanley Kunitz, el que fuera más tarde poeta, en 1941, siendo editor de Wilson Library Bulletin, comparó a los comics con los nazis, diciendo de ellos que eran “una escuela de formación para que jóvenes mentes impresionable terminaran siendo una generación de Storm Troopers, Gauletier y superhombres.”

7.  En el número cuatro –Vol 47- de la revista Information & Culture (University Texas Press, 2012. Project Muse) la profesora auxiliar de la Universidad de Illinois (School of Library and Information Science) Carol L. Tilley, publicó un estudio titulado Seducing the Innocent: Fredric Wertham and the Falsifications that Helped Condemn the Comics. En dicho estudio, Tilley analiza muchas de las falsificaciones, tergiversaciones, omisiones interesadas de datos e intercambio de resultados, de un paciente a otro con tal de apoyar una u otra teoría. Carol L. Tilley también incide en el carácter monolítico, altanero y prepotente de una persona que se negaba a dar ninguna explicación cuando la pregunta no le convenía o ponía en evidencia su absoluta falta de rigor científico.

8.       8.  La historia nos cuenta que Williams Gaines decidió cambiar el nombre de la editorial tras las acusaciones vertidas desde el periódico The New Yorker, durante el invierno del año 1951. En sus páginas, el rotativo comentó que cómo una editorial que se llamaba Educational podía publicar cómics con títulos tan poco educativos como The Vault of Horror, Tales from the Crypt o Crime Suspenstories. Gaines, en un alarde de inspiración “Marxista… de Groucho Marx”, respondió enviando dos cartas al periódico. En una, con el membrete de Educational Comics, el editor se mostraba muy indignado por acusarle de publicar un material de tan mal gusto como las que hacían mención en su artículo. En la segunda carta, con membrete de Entertaining Comics, William Gaines se mostraba igualmente ofendido por confundir su editorial con otra, Educational, la cual publicaba un material de tan mala calidad.
Otras fuentes dicen que fue Sol Cohen, responsable de ventas y distribución de la editorial, desde su fundación por Max C. Gaines, quien decidió cambiar el nombre, dado que llamar Educational a una editorial no era el nombre que ningún joven quería ver asociado a los cómics, considerados, éstos, como una vía de escape y entretenimiento, no como una materia de estudio.

9.        9. Para todos aquellos que quieran conocer los entresijos del Comic Code Authority, les recomiendo que se lean el artículo publicado en la revista Dolmen Nº21 (diciembre de 1997)

.           10.  En realidad, la serie sólo duró 23 números, dado que, su primer número fue el 18, continuando la numeración de la serie The Haunt of Fear, la cual inició una nueva numeración en solitario.

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