lunes, 12 de agosto de 2013

URIZEN Y MCFARLANE


Muchos de los que fueron a ver, el momento de su estreno, El dragón rojo, primera de las aventuras literarias del asesino inteligente y encantador, Doctor Hannibal Lecter creado por el escritor Thomas Harris en 1.981, muy probablemente no habían oído nunca hablar de un pintor llamado William Blake.

Tampoco es de extrañar dada la poca cultura artística que se tiene en nuestro país, donde los museos son unos lugares donde se guardan cosas pero que sólo se ven desde lejos y donde las clases de arte se dan en medio de una maraña de otras asignaturas más importantes, asignaturas que la acaban por eclipsar. 

Además el arte es válido sólo si te reporta beneficios. Si no, como le decían al personaje interpretado por  Ewan McGregor en Moulin rouge, antes de partir para el París Bohemio: “arruinarás tu vida mezclándote con esa gente”.

De todas maneras, la vida y obra del escritor, filósofo y pintor británico, ha estado siempre rodeada de un aura de misticismo que ha apartado a muchos estudiosos y redactores de planes de estudio de su persona por lo complejo que esta llegó a ser.

Blake vivió entre 1.757-1.827, alternando su labor  de poeta con la de filósofo y pensador y la de pintor, faceta por la cual Harris recurre a él como hilo conductor de su novela, magistral intriga psicológica, donde el simbolismo marca el tiempo narrativo de la narración.

La obra que da base a la trama; el Gran Dragón rojo refleja la personal visión del pintor sobre los temas humanos y su relación con lo divino. Quizás el mayor problema de Blake en vida es que se adelantó a su tiempo y puede que aun hoy, en pleno siglo XXI, todavía estemos lejos de llegar a la claridad de ideas sobre la existencia humana lograda por el escritor de Albión. Su trayectoria profesional transcurrió en medio del romanticismo inglés, amante de los excesos y del disfrute vital, frente a las rígidas normas de la sociedad encorsetada por las reglas de Imperio británico.  Y en medio de todo aquello, aparece, cual faro de poniente, la obra, a ratos difusa, a ratos intensa y siempre arrebatadora de William Blake.

Sin embargo,  no pretendo realizar un estudio en profundidad del autor, lejos estoy de poder hacerle justicia en estas páginas por mucho que lo intente. De Blake me interesa un personaje creado en 1.794, dentro del grupo de obras denominadas “proféticas”. El personaje en cuestión da título a una de las cinco mencionadas obras bajo el título: El libro de Urizen.

“Uizen” representa la abstracta moralidad de Blake, un dios inmortal, que junto con “Los” y “Orc” forman parte del intrincado esquema filosófico de autor, en su búsqueda por encontrar una relación aceptable entre lo humano y lo divino. Esta búsqueda ocupó gran parte de su vida y se puede extrapolar a todas sus facetas artísticas. Como muy bien reconocían sus contemporáneos, Blake era un todo imposible de separar. Un todo que, aún hoy esconde muchos secretos.

Dicho esto, mi interés por el demonio viene dado por su aparición en otra expresión artística, muy poco considerada  por las personas que viven en mi país, pero arte con mayúsculas: el cómic. La colección en cuestión es Spawn, en los últimos anteriores al número 100, cantidad nada despreciable por entonces, para una colección nacida en medio de los convulsos años noventa y tachada de oportunista y de poco recorrido por los detractores de su creador, Todd McFarlane. 
En esos números, el engendro renegado del infierno, Spawn/ Al Simmons y un ángel renegado, Angela, se enfrentan a la batalla definitiva  entre el bien y el mal, cuya primera muestra de destrucción y muerte viene de la mano de un demonio, terrible e inmenso que responde al nombre de Urizen.

No he ocultado nunca mi especial predilección por McFarlane y su particular universo. Me gustaba cuando dibujaba Spider-man y me gustó cuando lanzó al mercado su creación más personal, Spawn, después del portazo dado en 1.991 a Marvel junto con un grupo de dibujantes disidentes, los cuales plantaron cara a las grandes editoriales y le ganaron la partida por la mano. El caso es que McFarlane siempre ha presumido de gustarle los cómics, el baseball -iba para jugador profesional de este deporte hasta que se lesionó en la universidad, el hockey y poco más. Dada la fortuna personal que posee, lo demás le da igual.

Sin embargo ¿cuál es la realidad?. Amén de la pose y los atropellos cometidos con los derechos de autor (léase Neil Gaiman, creador de la mencionada “Angela” o Alan Moore) McFarlane ha adoptado una posición que le es cómoda y además le evita dar más explicaciones de las necesarias. Otra cosa es que los demás, sobre todo sus detractores, se crean los argumentos de dicha pose cuando son ellos, normalmente, amantes irredentos del fandom, quienes son capaces de rebuscar entre un millar de comics para encontrar un error de tipografía o una variación en una portada. 
Por todo ello, aceptar dicha pose, me parece reducir los méritos de un autor a la mínima expresión, negándole sus aportaciones por un decreto ley que nadie conoce ni tiene por qué respetar.

Aconsejado y de cosecha propia, Mcfarlane ha incluido todo un universo de simbologías, fácilmente reconocible  en la literatura considerada “seria” pero más difícil de encontrar en una colección mensual para el gran público como Spawn. Nadie pretende que un autor lo sepa todo aunque bien es cierto que hay autores como Neil Gaiman, Alan Moore, Chris Claremont, Peter Davis, Frank Miller o los veteranos Stan Lee o Jack Kirby, capaces todos de contar las más elaboradas historias y con unos conocimientos enciclopédicos sobre muchos temas Aun así, la -virtud de McFarlane ha sido recurrir a muchos de esos autores -medios le sobran- para contar las historias de su engendro, y además tomar prestado los elementos y personajes que mejor se adaptaran al desarrollo de la historia. Y de alguna u otra forma, también McFarlane supo encontrar en Blake la inspiración para terminar su primer centenar de números.

De todas maneras, ayudado o no, McFarlane ha sabido situar su creación en medio del firmamento de las colecciones mejor vendidas del abigarrado mercado mundial del noveno arte y con su estética recargada y oscura, introducirnos en un universo paralelo tan agobiante como apasionante. No sé qué pensaría Blake de la utilización de su “Urizen” por parte del autor canadiense pero, al igual que sucede con Thomas Harris, los resultados no desmerecen a la fuente original perpetuando. 
La suma de todo ellos es que, gracias a Harris y McFarlane, el legado de uno de los autores más completos  y misteriosos de cuantos han dado la historia del arte y la creación de nuestra  historia contemporánea permanece vivo para quien quiera u ose acercarse a su universo.

Como bien escribió el oscuro autor británico, antes de morir:

La crueldad tiene un Corazón humano
Y los celos un Rostro humano
El terror la Divina Forma humana
Y el secreto el Ropaje humano

 WILLIAM BLAKE Los cantos de Experiencia

                               (“La Imagen Divina”)      

The Great Red Dragon and the Woman Clothed in Sun es propiedad del Brooklyn Museum, lugar al que fue cedido por William Augustus White

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